COMO EDUCAR UN HIJO EN LA AUTONOMÍA

 

Deje de tomar por él las decisiones que puede tomar él.

No le de las cosas masticadas, hechas.

No piense por él ni le averigüe lo que él cree o espera.

No le dé demasiadas facilidades.

Anímelo a que tome la iniciativa.

Anímelo a que busque soluciones por si mismo.

Dele la ayuda suficiente para que se desenvuelva sólo. No la ayuda completa.

No le insista demasiado. Diga las cosas una sola vez o dos.

Los “sermones” no son eficaces para incitarle a actuar.

Póngale en situaciones para que cree, invente o encuentre soluciones.

Ayúdele sólo cuando él ya no pueda, después de intentarlo por si mismo.

No se adelante a todos los peligros ni le allane totalmente el camino para evitarle sufrimientos.

Refuércele y celebre sus avances en la autonomía e independencia.

Haga que la familia aplique estas directrices para reforzarlas.

La autonomía no se consigue de un momento para otro. Es un proceso largo.

NO TE DEJES SECUESTRAR

 

 

Pues sí, amigos, con harta frecuencia nos dejamos secuestrar por nuestra amígdala, que, aunque insignificante hace muchos estragos. Cada vez que una emoción como el miedo, la culpa o la ira,  liberadas por la amígdala, nos invaden, lo que en realidad está ocurriendo es que ese pequeño órgano, del tamaño de una lenteja, impide al cerebro racional o pensante evaluar la situación, hacerse cargo de ella y tomar las decisiones pertinentes. Es como esos calamares que expulsan tanta tinta que impiden a sus atacantes verlos y atacarlos por tanto. La emoción, sea cual sea, sobre todo si es intensa, nubla la parte de nuestro cerebro, el pensante, evaluador y tomador de decisiones, situado en el córtex prefrontal izquierdo, sobre todo, y no da pie con bola o queda bloqueado, secuestrado. De esa forma no avanza hasta tanto la emoción no se haya enfriado. Sin embargo, aunque las emociones son reacciones químicas naturales y por tanto esperables, no debemos consentir que se apoderen de nuestra capacidad de discernir y razonar y tomar decisiones apropiadas. No, porque lo probable es que erremos al obrar un tanto cegados por la tinta no ya del calamar sino del contratiempo por el que atravesamos. En esto de los secuestros ya se sabe que lo mejor es procurar que no sucedan porque, la experiencia nos dice, que una vez secuestrados, el sufrimiento es alto y la erosión intensa. Así que ya lo saben, en cuanto que la ira, el miedo o la culpa, entre otros, aparezcan hay que reaccionar de inmediato antes de que la contaminación se haya extendido. Esto es como el dolor de cabeza, que,  o lo coges a tiempo o te amarga un par de dias. Y si quedamos secuestrados, cosa nada improbable, enseguida hay que distanciarse del asunto, tratar de evaluar la situación, calibrar nuestra reacción y tomar decisiones razonables, no llevados del impulso amigdalino. No se puede consentir que una parte tan pequeña de nosotros mande tanto, ¡qué caramba! Y menos estar cuasi permanentemente secuestrados, como quienes se preocupan por todo. ¡Abajo el “secuestro amigdalar”!!!

EXPRESARSE ANTES QUE EXPLOTAR

 

 

Hasta las ollas exprés tienen su válvula para ir desahogando el vapor de tal manera que cueza el alimento pero no explote. No debería haber mucha diferencia entre ollas y personas en este comportamiento pues es necesario desahogar cada poco tiempo, descargar al menos verbalmente nuestra frustración no callando por respuesta a los abusos, vengan de donde vengan. Callar por sistema significa un ataque subterráneo en toda regla a nuestro sistema nervioso y endocrino, a nuestro sistema cardiovascular y a todo el organismo, además de a nuestras ilusiones. No queda más remedio que mentalizarse de que es altamente saludable hablar, verbalizar, eso si, con serenidad y aplomo aunque con energía y claridad lo que nos hace daño, sobre todo si es injusto e irracional. Quien opta por callarse y tragarlo todo puede encontrarse con el paso del tiempo envuelto en la amargura del carácter o en la irritabilidad que saldrá por donde menos se lo piense y casi siempre en forma explosiva, harto de ir aguantando los impactos. Hay que expresarse, amigos, ya sea con la pareja, los hijos, la familia, los vecinos, compañeros de trabajo, jefes, autoridades o mandamases, tengan el poder que tuvieren. Hay que cuidar las formas para que no nos ataquen argumentando que no son las apropiadas y desviando la atención del contenido real que nos molesta, hay que proceder con tiendo pero hay que hablar porque hablando se derivan tres buenas consecuencias: no cargamos de excesiva presión nuestro cerebro y organismo, damos información de lo que ocurre para que el otro sepa qué está mal y a qué atenerse y de paso podemos hacer que el otro cambie su forma de actuar. Si guardamos para nosotros mismos las decepciones, abusos y manipulaciones solo nosotros seremos las víctimas y no conseguiremos que los otros cambien al menos con nosotros. Cuando los perros no ladran y meten su rabo entre las piernas se prestan a ser más atacados. Si ladran y enseñan los dientes, aunque no ataquen, ya es suficiente para que les temamos. No muy distinta es la reacción en los seres humanos. Ser asertivos es hablar, expresar opiniones, reivindicar derechos, pedir explicaciones, resistir las presiones, demostrar seguridad y confianza, protestar cuando abusan de nosotros, denunciar injusticias y otras varias reacciones en esta misma línea. Es preferible a explotar, ya que las explosiones llevan aparejados muchos daños.

LA SOLEDAD BUSCADA

 

 

La soledad buscada y encontrada es un regalo de los dioses, la soledad impuesta es mas bien una pesada carga. La buscada te permite encontrarte con tu sombra y con tu ego frente a frente, con tus pliegues y con tus recovecos, con tus miserias y tus debilidades  pero también con tu silencio, tus gozos,  tus logros, tus deseos satisfechos, tus proyectos y reflexiones, la contemplación de la existencia desde un cierto distanciamiento, y una inmersión en el fluir de sentimientos de signos diferentes. La soledad buscada es una fuente de recarga de energías y de posibilidades de encontrar soluciones o giros en tu vida que sólo desde una reflexión serena se pueden realizar con cierta garantía de acierto. Pero requiere  alejarse y adentrarse en el silencio para que este te hable o no impida que lleguen las ideas, precisamente por ausencia de ruido. La soledad buscada permite también retirarse de ella, una vez aclaradas las ideas o repuestas las fuerzas, pues es algo elegido y no una imposición o una condena. Permite volver a la vorágine de la vida diaria con cierta garantía de control de la misma y sus efectos. No hay que tenerle miedo, pues siempre que se afronta es efectiva, siempre aporta visiones alternativas a las que la rutina nos ofrece, aunque a veces inquiete unos momentos. ¿Qué es lo peor que puede reportar? ¿Una cierta sorpresa por encontrar aspectos ocultos hasta entonces? ¿Y qué? Se afrontan y nada terrible nos sucede. Los que  están acostumbrados a utilizarla saben a ciencia cierta que siempre reciben alivio, claridad, creatividad, alternativas y descubrimiento de nuevas vías de acceso o inspiraciones. O al menos reparación de fuerzas desgastadas por el devenir de tanto impacto, del bombardeo de estímulos y de las a veces estresantes relaciones con la gente. La soledad buscada es un privilegio a nuestro alcance, es una suerte

LA HIPERACTIVIDAD TIENE UN PRECIO

 

 No pretendo alarmar al lector pero debo decir que quien de pequeño es hiperactivo, si no se controla de manera adecuada y poco a poco, con el paso del tiempo y ya de adultos deben saber que pueden pagar un alto precio. ¿De qué forma y manera? En forma de una aceleración elevada en sus acciones, moviéndose siempre como si fuesen a perder el tren en todo instante. En forma de inquietud motriz, no sintiéndose capaces de estar quietos cuando  y donde deben estarlo. En forma de impaciencia, no siendo capaces de esperar cuando hay que hacerlo, en forma de simultanear sus actuaciones en lugar de centrarse en una tarea y pasar a la otra, una vez terminada la anterior. En forma de pérdida de concentración en sus tareas teniendo dificultades para escuchar o fijarse en las cosas. En forma de impulsividad y dominio de sus apetencias sobre ellos, así como en frecuentes errores por precipitación. En forma de inestabilidad en su carácter.  En forma de tener que medicarse para tratar de encontrar la tranquilidad que de forma natural no logran. En forma de ansiedad, en fin, o estrés, más bien permanente y que les suele acompañar a todos los lugares. Naturalmente todo lo dicho les causará importante sufrimiento y desgaste. No es que todos los hiperactivos paguen el precio completo referido, pero casi completo. Muchos hiperactivos no detectados a su tiempo están sufriendo ahora consecuencias no previstas entonces, quizás porque no se sabía diagnosticar la hiperactividad o no se les prestaba la debida importancia. Por eso es altamente interesante detectarla a tiempo y enseñarles a controlar su ansiedad, su aceleración, su inquietud, su rebeldía y su falta de atención, sobre todo hacia cosas que no les interesan, aunque les convengan. Todo lo que no vaya dirigido a relajarlos, a centrar su atención y desacelerarlos es no acertar en la superación y control de su problema o trastorno. No es la medicación el mejor modo, a veces necesario, de superar ese trastorna. Debe complementarse con cambios de conductas y con relajación, sobremanera.

PRECIPITACIÓN EMOCIONAL

Sabemos con certeza que los seres humanos somos animales emocionales y que nos movemos fundamentalmente según sea el estado anímico en que nos encontremos. Esto no es nada  nuevo pero también es obvio que a veces, a posteriori, tenemos la experiencia y sensación de que nos hemos precipitado y equivocado por dejarnos llevar de esos impulsos. Como quiera que la emoción es un estado que invade nuestro ser e incluso tiñe de color hasta la mente o como un fuego que nos quema, no es extraño que impulsados por ello tomemos decisiones que luego se antojan desproporcionadas cuando no equivocadas e inoportunas. LLevados además de la ansiedad que nos caracteriza se juntan ambos estados y allá que nos lanzamos sin pensarlo dos veces. Pero cuando vemos que ya es tarde, al darnos cuenta del resultado, sobre  todo si es adverso, lo mejor es mentalizarse de dejar pasar el fuego, el fogonazo, el calentón y decidir después,  una vez enfriado nuestro estado. No es que siempre se yerre decidiendo al compás de las emociones del momento, pues a veces se acierta, pero en los casos de fracaso es mejor concluir que esperar es lo más apropiado y conveniente. Hay algunos estados emocionales en los que hay que cuidar especialmente el no precipitarse. Me refiero a la ira intensa, al rencor,  a los celos, la envidia o la ansiedad principalmente. Puesto que las emociones nos hacen impacientes lo bueno es esperar a que cambie el color del sentimiento para tomar algunas decisiones. Lo que vengo a decir es que, puesto que también somos seres racionales, haremos bien en ejercer la racionalidad al menos de vez en cuando y sobre todo cuando nos juguemos algo de importancia. Frente a la incontinencia emocional, algo de continencia y de espera serena.

SERVICIO NON STOP

 

Igual que hay gente experta en quitarse pesos y obligaciones personales de encima y cargarlos en las espaladas ajenas que se dejen, los hay que por su forma de ser o su perfil se dedican a cargar sobre sus hombros lo que les corresponde y lo que corresponde a otros. Y así les luce el pelo. Estos además de acostumbrar a los demás mal, muy mal, y a transmitir el mensaje de que están al servicio de los demás veinticinco horas diarias, acaban agotados, cuando no exhaustos e incluso deprimidos por el agotamiento de tanto aguantar su propia vela y las velas ajenas. No solo es que no son asertivos y no saben por ello decir que no a las solicitudes o imposiciones de otros sino que incluso se adelantan a descubrir y después satisfacer las necesidades que notan que otros tienen. LLega un momento en que no necesitan que otros les pidan favores, es que ya se adelantan ellos y se disponen a hacerlos antes de que los otros se los pidan. Todos estos son tontos en el sentido más cariñoso y popular del término. Tontos en el sentido de escasez de inteligencia no para las matemáticas o lengua o para resolver muchos problemas sino para librarse de cargas que no les corresponden. Otra cosa es que estén encantados de actuar de esa manera y no se quejen. Se puede ser hábil socialmente y saber relacionarse bien en el sentido de ganarse a la gente, pero en cuanto uno tiene que agradar en exceso indica cierto deficit en esa inteligencia social  siendo el indicador de la escasez en la misma el hecho de que al final terminan asumiendo cargas y obligaciones que no les pertenecen.  Por tanto lo que procede hacer no es dejar de hacer favores, por supuesto, y ayudar a las gente, sino dosificar la entrega y, sobre todo, no ponerse a tiro de los que siempre están dispuestos a colgarse medallas sin dar golpe, pero dando a entender que hacen todo o más de lo que les corresponde. Los que para sentirse queridos y valorados tienden a complacer a los demás no se dan cuenta de que complacer en exceso conduce precisamente a que acaben por faltarles al respeto, amén de utilizarlos. Facilitar las cosas, sí, por supuesto. Hacer las cosas por los demás y por sistema, no parece adecuado, desde el punto de vista de la salud mental.

RELATIVIZAR

Cuando se nos presenta un problema, adversidad o contratiempo de inmediato la reacción es centrar casi toda nuestra atención sobre el asunto, lo que constituye una reacción adaptativa y llena de lógica. No es tal sin embargo, cuando, conforme pasan las horas o los dÍas, nuestra atención sigue focalizada en demasía en el tema, pegada como un mosquito a la bombilla, hasta el punto de absorber nuestra energía en detrimento de otras tareas que también requieren nuestra atención. Es como si entrásemos en el cine y nos sentásemos en la primera fila de butacas y no viésemos otra cosa que la pantalla, acaparando la película toda nuestra atención. Sin embargo, una vez que advertimos que seguimos absortos por la preocupación, con el paso del tiempo la reacción que se impone es situar el acontecimiento dentro de un contexto más amplio y general, lo que llamaríamos una amplia perspectiva para que aquel ocupe el lugar que de verdad le corresponde dentro de nuestro contexto de vida, familiar, social y personal. Es decir ponerlo en relación o relativizarlo. No se trata de quitarle importancia sino de darle la que tiene, no más ni excesiva, en función del contexto temporal y espacial en el que se produce y nos afecta. Así las cosas experimentaremos cierto alivio si es que la preocupación había llegado a obsesionarnos. Todos los contratiempos no tienen la misma intensidad, densidad o peso específico y por eso conviene valorarlos equilibradamente. Un apunte final: la importancia concedida aumentará en función de nuestro estado de ansiedad. A más ansiedad y tensión emocional, a más desbordamiento y negatividad mayor relieve y más abrumador el peso que se siente. Queda claro: distanciamiento emocional y serenidad es lo adecuado.

PEQUEÑO SECRETO PARA RELACIONARSE

 

En realidad es un secreto a voces, porque aunque esté fundamentado en los principios de la Psicología Social, pertenece de lleno al terreno del sentido común o de la lógica. Me refiero a que las relaciones interpersonales son funcionales, es decir, que cuando te relacionas con otro tú estás en función de él/ella y viceversa. Si él escucha es porque tu le hablas, si te molestas con él es porque te ha reñido, fallado, insultado, herido, etc. Si le felicitas el otro reaccionará con agrado. Si te ayuda te sentirás agradecido y si le agradeces se sentirá contento. Si le castigas se sentirá ofendido y si le ignoras se sentirá apartado. Si te paga por tus servicios te sentirás justamente tratado y si te apoya te sentirás seguro. Basta de ejemplos, pero son suficientes para constatar que según te relaciones con los demás o les trates así te tratarán en líneas generales, aunque, como en todas las leyes, siempre existen excepciones. ¿Eso qué significa? Que no es imprescindible, aunque sea deseable, que el otro cambie porque caiga en la cuenta de la necesidad de hacerlo. Si eso ocurre, fantástico. Pero si no, se le puede hacer cambiar cambiando tú tus estrategias o abordaje. En efector, si analizas cómo tratas a alguien, y no te da buen resultado, lo que tienes que hacer es modificar cómo le tratas, lo que le dices, cuando y sobre todo cómo se lo dices o qué formas utilizas en la relación interpersonal. Simplemente modificando algunos comportamientos tuyos con él o ella verás cómo le influye y cambia de algún modo. Él puede tratar de hacerte daño, por ejemplo, pero si tú le ignoras o te resbalan sus palabras y nota que no tienen efectos sus intentos probablemente acabe por cansarse si persistes en la ignorancia o la impermeabilización. Verá que no es efectivo y cambiará. Es decir, que el secreto está en saber que las relaciones son funcionales o recíprocas y en gestionar los cambios uno mismo para lograr influir en la dirección que deseamos. Pensamos que es el otro el que tiene que cambiar de motu propio no usamos el poder indirecto que tenemos y sin embargo eso funciona. Lo aseguro.  Hay una técnica que no suele fallar, salvo con gente complicada y difícil. Tratar a las personas bien, dejando en su retina buenas vibraciones que permitan reaccionar hacia ti de forma positiva.

 

EL SUFRIMIENTO DEL HIPOCONDRÍACO

 

 

 

No existe duda alguna de que el sufrimiento del hipocondrÍaco es sencillamente terrible mientras está bajo el efecto del pánico a la enfermedad que vive como si fuese real. Esa es la verdadera causa del dolor que siente: que funciona completamente convencido de que padece la enfermedad  que más teme, sea el sida, el cáncer o el infarto. Y a partir de su convencimiento se comporta como si estuviese ya condenado a muerte o poco menos. Su atención se focaliza y se concentra con tal intensidad en su padecimiento que todo lo demás queda en el terreno de la sombra y sus conductas quedan condicionadas ineludiblemente de tal forma que se comporta como si estuviese desahuciado o poco menos. Cuando su obsesión se apodera de él entra en una especie de túnel de negrura que le impide ver la luz al final y no cree en ella aunque quienes le rodean le juren y perjuren que no le pasa nada, que todo son supuestos sin fundamento alguno. Sólo la palabra de un experto autorizado le permitirá salir del fango mental en que se mueve, pero por poco tiempo, pues enseguida, al menor dolor, volverá a las andadas y sentirse atrapado por la desesperación de un desahucio. Empezará así un rosario de autoexploraciones para comprobar el mal que al mismo tiempo teme y de consultas, de algunas de las cuales saldrá aliviado, de momento,  y de otras que no le parezcan acertadas saldrá más reforzado en sus temores. El hipocondríaco es un ser o un alma torturada, que cansa a quien tiene que soportarlo. Solo encontrará alivio cuando su naturaleza corporal  no le gruña, no le chille o no le moleste con ruidos o chirridos de los muchos que nuestro cuerpo tiene. Necesita estar oyendo constantemente que no le pasa nada, que no es de preocupar su malestar y por ello agobia y cansa a aquellos en los que descarga sus angustias. No hay que minimizar su sufrimiento, que es elevado al cubo, pero nadie le puede ayudar mientras no se decida a vivir como si no estuviese condenado, cuando su angustia le asalta por algunas molestias, que le hacen suponer que ya no tiene remedio. El hipocondríaco tiene que decidir vivir como si estuviese sano a no ser que el experto le confirme que de verdad se encuentra enfermo, en cuyo caso si procede cuidarse. Pero sólo en ese caso real.

 

 

El Comercio Digital

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