El Comercio
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PRECIPITACIÓN EMOCIONAL
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Miguel Silveira | 09-04-2013 | 10:58| 0

Sabemos con certeza que los seres humanos somos animales emocionales y que nos movemos fundamentalmente según sea el estado anímico en que nos encontremos. Esto no es nada  nuevo pero también es obvio que a veces, a posteriori, tenemos la experiencia y sensación de que nos hemos precipitado y equivocado por dejarnos llevar de esos impulsos. Como quiera que la emoción es un estado que invade nuestro ser e incluso tiñe de color hasta la mente o como un fuego que nos quema, no es extraño que impulsados por ello tomemos decisiones que luego se antojan desproporcionadas cuando no equivocadas e inoportunas. LLevados además de la ansiedad que nos caracteriza se juntan ambos estados y allá que nos lanzamos sin pensarlo dos veces. Pero cuando vemos que ya es tarde, al darnos cuenta del resultado, sobre  todo si es adverso, lo mejor es mentalizarse de dejar pasar el fuego, el fogonazo, el calentón y decidir después,  una vez enfriado nuestro estado. No es que siempre se yerre decidiendo al compás de las emociones del momento, pues a veces se acierta, pero en los casos de fracaso es mejor concluir que esperar es lo más apropiado y conveniente. Hay algunos estados emocionales en los que hay que cuidar especialmente el no precipitarse. Me refiero a la ira intensa, al rencor,  a los celos, la envidia o la ansiedad principalmente. Puesto que las emociones nos hacen impacientes lo bueno es esperar a que cambie el color del sentimiento para tomar algunas decisiones. Lo que vengo a decir es que, puesto que también somos seres racionales, haremos bien en ejercer la racionalidad al menos de vez en cuando y sobre todo cuando nos juguemos algo de importancia. Frente a la incontinencia emocional, algo de continencia y de espera serena.

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SERVICIO NON STOP
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Miguel Silveira | 02-04-2013 | 20:50| 0

 

Igual que hay gente experta en quitarse pesos y obligaciones personales de encima y cargarlos en las espaladas ajenas que se dejen, los hay que por su forma de ser o su perfil se dedican a cargar sobre sus hombros lo que les corresponde y lo que corresponde a otros. Y así les luce el pelo. Estos además de acostumbrar a los demás mal, muy mal, y a transmitir el mensaje de que están al servicio de los demás veinticinco horas diarias, acaban agotados, cuando no exhaustos e incluso deprimidos por el agotamiento de tanto aguantar su propia vela y las velas ajenas. No solo es que no son asertivos y no saben por ello decir que no a las solicitudes o imposiciones de otros sino que incluso se adelantan a descubrir y después satisfacer las necesidades que notan que otros tienen. LLega un momento en que no necesitan que otros les pidan favores, es que ya se adelantan ellos y se disponen a hacerlos antes de que los otros se los pidan. Todos estos son tontos en el sentido más cariñoso y popular del término. Tontos en el sentido de escasez de inteligencia no para las matemáticas o lengua o para resolver muchos problemas sino para librarse de cargas que no les corresponden. Otra cosa es que estén encantados de actuar de esa manera y no se quejen. Se puede ser hábil socialmente y saber relacionarse bien en el sentido de ganarse a la gente, pero en cuanto uno tiene que agradar en exceso indica cierto deficit en esa inteligencia social  siendo el indicador de la escasez en la misma el hecho de que al final terminan asumiendo cargas y obligaciones que no les pertenecen.  Por tanto lo que procede hacer no es dejar de hacer favores, por supuesto, y ayudar a las gente, sino dosificar la entrega y, sobre todo, no ponerse a tiro de los que siempre están dispuestos a colgarse medallas sin dar golpe, pero dando a entender que hacen todo o más de lo que les corresponde. Los que para sentirse queridos y valorados tienden a complacer a los demás no se dan cuenta de que complacer en exceso conduce precisamente a que acaben por faltarles al respeto, amén de utilizarlos. Facilitar las cosas, sí, por supuesto. Hacer las cosas por los demás y por sistema, no parece adecuado, desde el punto de vista de la salud mental.

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RELATIVIZAR
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Miguel Silveira | 17-03-2013 | 18:11| 0

Cuando se nos presenta un problema, adversidad o contratiempo de inmediato la reacción es centrar casi toda nuestra atención sobre el asunto, lo que constituye una reacción adaptativa y llena de lógica. No es tal sin embargo, cuando, conforme pasan las horas o los dÍas, nuestra atención sigue focalizada en demasía en el tema, pegada como un mosquito a la bombilla, hasta el punto de absorber nuestra energía en detrimento de otras tareas que también requieren nuestra atención. Es como si entrásemos en el cine y nos sentásemos en la primera fila de butacas y no viésemos otra cosa que la pantalla, acaparando la película toda nuestra atención. Sin embargo, una vez que advertimos que seguimos absortos por la preocupación, con el paso del tiempo la reacción que se impone es situar el acontecimiento dentro de un contexto más amplio y general, lo que llamaríamos una amplia perspectiva para que aquel ocupe el lugar que de verdad le corresponde dentro de nuestro contexto de vida, familiar, social y personal. Es decir ponerlo en relación o relativizarlo. No se trata de quitarle importancia sino de darle la que tiene, no más ni excesiva, en función del contexto temporal y espacial en el que se produce y nos afecta. Así las cosas experimentaremos cierto alivio si es que la preocupación había llegado a obsesionarnos. Todos los contratiempos no tienen la misma intensidad, densidad o peso específico y por eso conviene valorarlos equilibradamente. Un apunte final: la importancia concedida aumentará en función de nuestro estado de ansiedad. A más ansiedad y tensión emocional, a más desbordamiento y negatividad mayor relieve y más abrumador el peso que se siente. Queda claro: distanciamiento emocional y serenidad es lo adecuado.

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PEQUEÑO SECRETO PARA RELACIONARSE
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Miguel Silveira | 12-03-2013 | 12:30| 1

 

En realidad es un secreto a voces, porque aunque esté fundamentado en los principios de la Psicología Social, pertenece de lleno al terreno del sentido común o de la lógica. Me refiero a que las relaciones interpersonales son funcionales, es decir, que cuando te relacionas con otro tú estás en función de él/ella y viceversa. Si él escucha es porque tu le hablas, si te molestas con él es porque te ha reñido, fallado, insultado, herido, etc. Si le felicitas el otro reaccionará con agrado. Si te ayuda te sentirás agradecido y si le agradeces se sentirá contento. Si le castigas se sentirá ofendido y si le ignoras se sentirá apartado. Si te paga por tus servicios te sentirás justamente tratado y si te apoya te sentirás seguro. Basta de ejemplos, pero son suficientes para constatar que según te relaciones con los demás o les trates así te tratarán en líneas generales, aunque, como en todas las leyes, siempre existen excepciones. ¿Eso qué significa? Que no es imprescindible, aunque sea deseable, que el otro cambie porque caiga en la cuenta de la necesidad de hacerlo. Si eso ocurre, fantástico. Pero si no, se le puede hacer cambiar cambiando tú tus estrategias o abordaje. En efector, si analizas cómo tratas a alguien, y no te da buen resultado, lo que tienes que hacer es modificar cómo le tratas, lo que le dices, cuando y sobre todo cómo se lo dices o qué formas utilizas en la relación interpersonal. Simplemente modificando algunos comportamientos tuyos con él o ella verás cómo le influye y cambia de algún modo. Él puede tratar de hacerte daño, por ejemplo, pero si tú le ignoras o te resbalan sus palabras y nota que no tienen efectos sus intentos probablemente acabe por cansarse si persistes en la ignorancia o la impermeabilización. Verá que no es efectivo y cambiará. Es decir, que el secreto está en saber que las relaciones son funcionales o recíprocas y en gestionar los cambios uno mismo para lograr influir en la dirección que deseamos. Pensamos que es el otro el que tiene que cambiar de motu propio no usamos el poder indirecto que tenemos y sin embargo eso funciona. Lo aseguro.  Hay una técnica que no suele fallar, salvo con gente complicada y difícil. Tratar a las personas bien, dejando en su retina buenas vibraciones que permitan reaccionar hacia ti de forma positiva.

 

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EL SUFRIMIENTO DEL HIPOCONDRÍACO
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Miguel Silveira | 05-03-2013 | 21:06| 0

 

 

 

No existe duda alguna de que el sufrimiento del hipocondrÍaco es sencillamente terrible mientras está bajo el efecto del pánico a la enfermedad que vive como si fuese real. Esa es la verdadera causa del dolor que siente: que funciona completamente convencido de que padece la enfermedad  que más teme, sea el sida, el cáncer o el infarto. Y a partir de su convencimiento se comporta como si estuviese ya condenado a muerte o poco menos. Su atención se focaliza y se concentra con tal intensidad en su padecimiento que todo lo demás queda en el terreno de la sombra y sus conductas quedan condicionadas ineludiblemente de tal forma que se comporta como si estuviese desahuciado o poco menos. Cuando su obsesión se apodera de él entra en una especie de túnel de negrura que le impide ver la luz al final y no cree en ella aunque quienes le rodean le juren y perjuren que no le pasa nada, que todo son supuestos sin fundamento alguno. Sólo la palabra de un experto autorizado le permitirá salir del fango mental en que se mueve, pero por poco tiempo, pues enseguida, al menor dolor, volverá a las andadas y sentirse atrapado por la desesperación de un desahucio. Empezará así un rosario de autoexploraciones para comprobar el mal que al mismo tiempo teme y de consultas, de algunas de las cuales saldrá aliviado, de momento,  y de otras que no le parezcan acertadas saldrá más reforzado en sus temores. El hipocondríaco es un ser o un alma torturada, que cansa a quien tiene que soportarlo. Solo encontrará alivio cuando su naturaleza corporal  no le gruña, no le chille o no le moleste con ruidos o chirridos de los muchos que nuestro cuerpo tiene. Necesita estar oyendo constantemente que no le pasa nada, que no es de preocupar su malestar y por ello agobia y cansa a aquellos en los que descarga sus angustias. No hay que minimizar su sufrimiento, que es elevado al cubo, pero nadie le puede ayudar mientras no se decida a vivir como si no estuviese condenado, cuando su angustia le asalta por algunas molestias, que le hacen suponer que ya no tiene remedio. El hipocondríaco tiene que decidir vivir como si estuviese sano a no ser que el experto le confirme que de verdad se encuentra enfermo, en cuyo caso si procede cuidarse. Pero sólo en ese caso real.

 

 

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PREVER PARA NO LLORAR
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Miguel Silveira | 26-02-2013 | 12:46| 0

 

Fue en Inglaterra donde oí por primera vez este refrán que me quedó grabado: “No merece la pena llorar sobre la leche derramada”. Fantástico refrán que refleja cómo la falta de previsión lleva a algunas personas a llorar y lamentarse cuando algo no tiene ya remedio y lo habría tenido de haber puesto el cuidado necesario antes de decidir precipitadamente. Cuando algo no tiene ya remedio puede uno pedir perdón, sentir el peso de la culpa o flagelarse, pensando qué tonto ha sido o qué precipitado o inconsciente. Son naturales esos sentimientos pues la desazón del fallo cometido necesita psicológicamente una reacción emocional acorde con la desesperación de lo inevitable ya. Por eso, aunque el ser humano no es dado a prevenir y adelantarse porque cuesta trabajo, esfuerzo o sacrificio o porque pensamos que quizás no vaya a ocurrir nada, la mejor estrategia es la de adelantarse en temas delicados y analizar las posibles consecuencias que tienen nuestros actos, para no tener que exponernos al dolor de la culpa o la impotencia. Como quiera que la naturaleza es neutra y no perdona sino que aplica las consecuencias independientemente del sexo, de la edad o la condición del  agente es bueno acostumbrarse a mirar el corto o el medio y largo plazo e imaginar qué pasará si transgredimos las normas que tiene bien dispuestas. Sería largo y prolijo, a fuer de innecesario, citar aquí la lista de acciones que encierran riesgos indeseables para todos nosotros. Más que de hacer la lista cada cual, de lo que más se trata es de acostumbrarse a pensar y preguntarse, de cuando en cuando, qué nos puede ocurrir o a qué nos exponemos al actuar de ciertas formas y maneras. Es decir acostumbrar a nuestros hijos y a nosotros mismos a prevenir males futuros en lugar de tener que afrontar quizás imposibles remedios a posteriori. Es práctica corriente liarse la manta a la cabeza y no querer pensar ni imaginar los males que pueden derivarse, pero luego no deberíamos prorrumpir en lamentos o en sollozos a los ojos de todos para inspirar lástima o volcar sobre otros angustias de las que solo nosotros somos los responsables. Entre las decisiones que más tienen que ver con la previsión y que más daño nos hacen están las referentes a la salud, el dinero y el amor, los tres temas siempre candentes y motivos de miles de canciones y de creaciones literarias. Prever, prevenir, adelantarse, esa es la cuestión para evitar caer, romper el recipiente y derramar la leche. Esto no es nuevo, como la Coca Cola, pero conviene recordarlo.

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ESPERAR QUE PASE LA TORMENTA
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Miguel Silveira | 19-02-2013 | 11:38| 2

 

Vendrán días aciagos en los que parece que todo se vuelve en nuestra contra y los dioses, por hablar en un lenguaje arcano, nos dejan abandonados a nuestro destino y reducidas fuerzas. Uno tiene la sensación de que la tierra se hunde bajos los pies y la rabia, en un primer momento y luego el bajón emocional, se apoderan de todo el organismo. Dan ganas de gritar, de golpear todo lo que uno encuentra y de echar por la boca la maldad que uno siente. Hay días que parece que todo se confabula en contra nuestra. No parece verse en el horizonte la luz que nos anime o más bien no se ve el horizonte, porque todo se vuelve gris alrededor nuestro y dentro de nuestra mente. Es una situación desazonadora y desesperante porque parece que nada puede hacerse, al menos en esos momentos de transitar por la tormenta. Se pierde la paciencia. No está uno para bromas ni chistes. El buen humor se esfuma y apetece tomar drásticas decisiones. Sin embargo, para no precipitarse en decisiones bajo el impulso de la frustración y el contratiempo, lo mejor es esperar y tener un poco de paciencia pues, pasadas las horas o los días, parece que las aguas retornan a su cauce y todo vuelve a coger el tono que  días antes tenía. Es fácil caer en la tentación de la protesta y pagarlo de modo inadecuado, pero si mantenemos un poquito la calma y esperamos, se vuelven a recuperar las fuerzas suficientes aunque sea para poner en orden el desorden causado y percibido. Es bueno también alejarse del tema o del lugar, hablar con otras gentes pero no de ese tema o marcharse a dormir a ver qué pasará la mañana siguiente. Afortunadamente no suceden esas constelaciones de fallos y de errores a diario e incluso, pasado algo de tiempo, se ven de forma no tan dramática los mismos acontecimientos. Siempre vuelve a salir el sol.

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DE LA INDEFENSIÓN A LA PREPOTENCIA
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Miguel Silveira | 12-02-2013 | 20:59| 0

 

 

Entre la indefensión y la prepotencia, dos extremos, media un trecho muy largo. En el primero la persona decide rendirse, darse por vencida porque está convencido de que de ningún modo se ve capaz de afrontar lo que teme o lo que quiere. Renuncia a la batalla. En el segundo, el prepotente avanza por la vida sin consideración de los demás, no prestándose a ceder, no sólo el paso, sino ni siquiera unos metros de su espacio pero además invade el que no es suyo. Los dos extremos son igualmente perniciosos, solo que en el de la indefensión aprendida el gran perjudicado es siempre el indefenso. Son su salud y su estabilidad las que se ven minadas. Todo son desventajas para el mismo. Mientras el prepotente también causa sufrimiento pero no hacia si mismo sino hacia los demás, que no pueden soportar su arrollamiento. Quien se mueve en un término medio es quien es asertivo y es capaz de adoptar posturas resolutivas en cualquier frente de la vida, quien no se deja pisar si alguien lo pretende sino que se defiende abiertamente y se expresa con la seguridad de quien sabe que la razón le asiste. Es quien toma iniciativa y decisiones sin sentirse a expensas de los demás y de la iniciativa ajena. Quien sabe defenderse no cede su terreno si no es por conveniencia o por táctica favorable a sus intereses. Estos se hacen respetar (los prepotentes se hacen temer y rechazar) por la gente porque les perciben firmes en sus convicciones y en el mantenimiento razonable y razonado de sus posturas personales. El asertivo suele vivir tranquilo y confiado en sus propios recursos y avanza por la vida sin grandes temores. La asertividad es un seguro de vida, una fuente de sosiego y de seguridad en uno mismo. La asertividad equidista de la indefensión y de la prepotencia, por eso lleva consigo el equilibrio, la preservación de la salud mental y las ganas de hacer y de enfrentarse al mundo cada dia.

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ACOSO LABORAL
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Miguel Silveira | 04-02-2013 | 23:01| 0

 

 

Su jefe, a pesar de haberle llamado para un puesto importante, al poco tiempo, al ver que cumplía sus objetivos sobradamente trimestre tras trimestre, comenzó una estrategia de acoso y derribo contra todo lo que hacía en su trabajo. Empezó por acusarle de falsedades, siempre por supuesto de palabra y sin testigos, como que no se organizaba, no daba la talla que de él se esperaba, que había clientes que se le habían quejado,  pero sin darle nunca nombres, de que no ponía interés en su trabajo, de que dedicaba demasiado tiempo libre a su familia, cuando su horario de trabajo era de diez horas diarias, de varias falsedades, en fin, pero que fueron haciendo mella en su estado de ánimo. Todo siempre con mal tono y con afán de humillarle, si podía delante de la gente también. Las formas que usaba eran propias de una persona fría, calculadora y sin sentimientos hacia el empleado. Otras veces la respuesta era el silencio inexplicable cuando el empleado se dirigía a él. En fin una estrategia bien pensada para ir anulando a la persona que podía hacerle sombra y quizás ocupar su cargo, si seguía produciendo al ritmo de los primeros meses y a la vista de otras autoridades superiores. El caso es que nuestro hombre nunca se defendió, callando en todo instante por miedo a ser represaliado ni osaba defenderse. El proceso  acabó en  baja laboral por sentirse incapaz de asistir al trabajo un solo dia más. Sus fuerzas, ya mermadas poco a poco, le fallaron por fin y tuvo que rendirse. De ahí la baja. Ahora está hundido y él, que siempre tuvo fuerzas para “venirse arriba”, según sus palabras, ahora no tiene fuerzas más que para llorar por las esquinas y verse anulado en su autoestima. Ese es el resultado final siempre. El hundimiento y derrota psicológica del acosado. Ni que decir tiene que ahora procede ayudarle a recuperar sus fuerzas anteriores. Siempre que un acosado comienza a notar que alguien le tiene en el punto de mira debe reaccionar buscando ayuda, si no sabe valerse, antes de terminar perdiendo la fuerza y la autoestima, que es lo más valioso que se tiene. Aguantar en silencio los impactos y el acoso supone exponerse a un punto de no retorno y eso es grave.

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QUE ME DEJEN MORIR
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Miguel Silveira | 29-01-2013 | 10:57| 0

 

 

Al viceprimer ministro japonés le  acaban de llover fuertes críticas por defender en público algo así como que a los viejos, que les mantienen vivos sin esperanza, se les deje morir en su país. Una cosa es matar o otra my diferente es permitir que quien no tiene esperanza alguna ya de vida  se la mantengan artificialmente a toda costa. No es sólo por ahorrar dinero a la Seguridad Social, como ha venido a decir ese ministro de finanzas japonés, sino sobre todo para evitar sufrimientos al paciente y a toda la familia. A mi, que me desconecten si llego a tal situación, porque prolongarme la vida artificialmente a toda costa no merece la pena ni para mi ni para mi familia ni, de paso, para la Seguridad Social que gastaría inútilmente en mantenerme vivo ni para otro posible paciente que  espere ser hospitalizado  y por mi culpa le resulte imposible.

No se trata de matar a los viejos ni a nadie por supuesto, pero ¿qué sentido tiene mantener artificialmente la vida sin esperanza alguna?  Qué miedo le tenemos a la muerte! No entiendo muy bien la razón de ese mantenimiento artificial basado para algunos en no se qué creencias religiosas o prejuicios. Que no, que no se mata deliberadamente a nadie, lo cual sería asesinato. Pero prolongar la vida inútilmente es una forma de prolongar la agonía del paciente y matar la tranquilidad de la familia, al alimentar una espera sin sentido. Sé que algún lector no compartirá mi posición, pero no importa. En este sentido estoy de acuerdo con el ministro nipón, aunque quizás él lo defiende por ahorrar importantes cantidades de dinero a la administración de su país. Lo importante no es el dinero ahorrado sino la paz, que se consigue desconectando al paciente de todo aparataje y fármacos. Paz para él y para los que sufren al ver su triste estado. Eso es lo que busca el testamento vital y que cada cual puede firmar cuando desee hacerlo.

 

 

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Sobre el autor Miguel Silveira
Psicólogo clínico, experto en ansiedad y estrés C/ Carlos Marx,1 - 6º D Gijón (Asturias) http://www.miguelsilveira.com http://www.estresyansiedadonline.com

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