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Más allá del Área Metropolitana: un proyecto para Asturias
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Jacobo Blanco | 07-06-2016 | 16:43| 0

La presentación de estrategias para el área metropolitana de Asturias, elaboradas por técnicos del Principado y de la Universidad,  ha sido recibida por ciudadanía, sociedad civil, clase política y ayuntamientos implicados, con más escepticismo que ilusión, quizá porque conceptos tan abstractos  no se comprendan fácilmente.

Lo primero que cabe plantearse es ¿qué es un área metropolitana?  Tenemos que olvidar el concepto tradicional de ciudad, físico, finito, limitado, subsidiario de la vieja ciudad preindustral, más que compacta, amurallada. La ciudad se define desde hace décadas, en términos funcionales, de relación, de intensidad de intercambios entre núcleos urbanos o municipios. Era un concepto reservado a áreas urbanas con cientos de miles o millones de habitantes.  Pero, desde 2001, los useños definen a las pequeñas –unas docenas de miles de habitantes-  como áreas micropolitanas.

La siguiente pregunta es ¿y es el área central de Asturias un área metropolitana? La  respuesta es: sí.  Otros países nos llevan ventaja en esto de ahormarlas (y gestionarlas). Los criterios son muchos, pero casi todos coinciden en considerar que se da relación metropolitana cuando se supera  un umbral de entre el 25% y el 40% de trabajadores residentes en un municipio trabajando en otro cercano. Pues bien, todos los concejos del área central superan el umbral más exigente. Oviedo y Gijón están por debajo, pero superan el  25%, pese a cierta tendencia insular de Gijón. Y la intensidad de la relación crece década a década.  Más aún, el área central cumple con los requisitos establecidos por la UE para ser considerada Metropolitan Growth Area (MEGA). Por tanto, la ambición metropolitana no es algo que nos venga grande.  Alguno dirá que en Asturias no hay ninguna ciudad dominante, como en Bilbao, Madrid o Barcelona.  Pero son innumerables los ejemplos de sistemas urbanos sin ciudad dominante. Ejemplos: en España, la Bahía de Cádiz. O Pontevedra-Vigo. Como el Rühr en Alemania. O las Twin Cities –St. Louis-Minneapolis- en Estados Unidos. El área asturiana no es una rareza.

Tercero, hay que pensar en las consecuencias. El área central de Asturias implica gestionar un millón de desplazamientos diarios. Esos que provocan atascos en la “Y” o las entradas a Oviedo.  O el uso de equipamientos de ámbito supramunicipal. El problema es que Asturias no lo hace bien.  En nuestros desplazamientos, utilizamos el coche más que cualquiera de las metrópolis españolas. Y apenas disponemos de equipamientos de referencia metropolitana, especialmente públicos. Tendemos a duplicarlos e incluso a multiplicarlos. Palacios de Congresos, Feriales, Centros Culturales… El resultado es un espacio metropolitano ineficiente y caótico. El centro de Asturias parece un inmenso contenedor donde las distintas administraciones han ido autorizando la multiplicación de autopistas (tres entre Oviedo y Gijón para asombro de extraños) de superficies comerciales, de suelos industriales, de urbanizaciones residenciales, de equipamientos singulares, de industrias salubres e insalubres. Incluso de puertos y superpuertos. Pero sin orden lógico alguno, superponiéndose unos a otros, mezclándose incluso.   Y sin disfrutar de equipamiento alguno que  identifique a nuestro área metropolitana y, lo que es peor, con dificultades para competir con ellos  con áreas urbanas de tamaño similar pero que han cumplido exitosamente sus deberes.

Por tanto, y como cuarto punto,  es necesario poner orden en el caos. O, al menos intentarlo. Para ello es capital disponer de instrumentos y entidades de planeamiento y gestión. Algunos llevamos lustros reivindicándolos, incluyendo la figura del consorcio, que tan buenas experiencias ha proporcionado en Asturias.  Es necesario evitar  disparates como el “Calatrava” de Oviedo, tan alejado además del añejo ferial gijonés y su minipalacio de congresos. O la proliferación de campus universitarios en puntos alejados de las redes de transporte.  O la eclosión de centros comerciales que a duras penas subsisten. O esa menguante red de cercanías. Despropósitos que nos llevan  a pensar si no será demasiado tarde para ordenar el área central. Quizá hace quince años o veinte años, antes de la burbuja inmobiliaria y de tantas otras burbujas, hubiera sido el momento. Algunos lo intentamos, como otros antes que nosotros.

Ahora bien, apunta el refrán que nunca es tarde si la dicha es buena. Y la propuesta (¡por fin!) de un órgano de gestión metropolitano debe ser bien recibida. En mi opinión sus misiones deberían centrarse en dos planos. Uno, la coordinación del planeamiento urbanístico, ahormándolo a estrategias territoriales (por cierto, ya se elaboró un documento hace diez años, en algún cajón andará) y velando por su cumplimiento, pero también coordinando el planeamiento entre concejos limítrofes. Todos conocemos las dificultades para acceder a Parque Principado, en Siero, desde Oviedo, a través de un polígono industrial, o la desconexión entre Lugones y La Corredoria, comunicados sólo a través de la vieja N-630.  Incluiría, por supuesto, la coordinación con el CTA. Otro, la gestión consorciada de equipamientos estratégicos públicos, evitando duplicidades y compartiendo riesgo y ventura. Quizá nos habríamos evitado fiascos como el ya citado del “Calatrava” y dispondríamos ahora de equipamientos capaces de competir con, sin ir más lejos, los de un Bilbao que, por población, anda a la par del área central.

Pero todo ello implica un cambio de visión: las ciudades asturianas deben olvidarse de competir entre sí –haciendo todas lo mismo- y convencerse de la necesidad de cooperar para aprovechar oportunidades que nos permitan competir en un mundo global, donde las ciudades son la referencia a la hora de invertir. Y, por desgracia, Oporto, Bilbao, Burdeos, Cardiff o Cork, por limitarnos al Arco Atlántico consiguen visualizarse a nivel europeo o incluso mundial. Nuestro área central, no.

Es objetivo que  requiere de ambición y liderazgo político. Que no consiste en presentar el documento en un acto quizá con excesivo protagonismo gubernamental, sino en sumar previamente a la ciudadanía, a los grupos políticos, a la sociedad civil y, sobre todo, a los ayuntamientos, convenciendo de la bondad de coordinarse, concediéndoles, incluso, la paternidad de la idea (¿Quién está pensando en Bilbao?). Respetando sus competencias e integrándolas en estructuras de gobierno multinivel. Optimizando recursos públicos escasos soslayando el riesgo de un macroorganismo. Implica ideas claras sobre  qué hacer, asumiendo que fenómenos como la suburbanización son universales, desde Yakarta a Varsovia, pasando por Estocolmo o Coruña. Evitando efectos como el “sprawl”, armonizando redes de transporte, suelos residenciales e industriales y equipamientos. Y  aportando ambición para ir más allá de algo que sirva para captar financiación europea.  Requiere, sobre todo, un proyecto que vislumbre la Asturias del 2050 en unas directrices regionales que actualicen las actuales ¡de 1991! recogiendo  el área central y sus equipamientos estratégicos, pero también alternativas para nuestro moribundo medio rural y su relación con lo urbano, identificando las potencialidades de las micrópolis y comarcas astures.

Esperemos, por tanto, que este enésimo intento metropolitano tome el rumbo correcto y sea el definitivo.

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A vueltas con La Vega
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Jacobo Blanco | 16-10-2015 | 07:12| 1
Me entero ahora del debate sobre La Vega que organizó el Colegio de Arquitectos. Con más pena si cabe por saber que estaba moderado por Calzadilla.
Tuve ocasión de conocer la Vega, como tantos asturianos, la Noche Blanca de 2014. Bajo una lluvia fina que, en la noche, le daba un aire, si cabe, más interesante.
Me pareció un espacio fascinante, lleno de posibilidades. Y más si de solapa con la transformación de la autopista en otra cosa más amigable. Pero es también un reto: constituye un espacio inmenso en una región que no está sobrada de recursos ni, quizá, de inventiva, inteligencia y creatividad para llenarlo.
En todo caso:
Creo que el espacio, por su carácter estratégico en el principal acceso a la capital de la región, debería mirarse con una perspectiva metropolitana. Y en cualquier caso, suprarregional.
Creo también que es un espacio que, por su tamaño, debería buscar la diversidad de usos. Haciendo ciudad.
Diría que, entre esos usos, no deberían olvidarse los residenciales. Quizá fuera el espacio idóneo para experimentar con nuevas fórmulas de vivienda. Tampoco renunciaría, a priori, a obtener algún aprovechamiento.
No deberíamos abusar de los equipamientos: la ciudad está bien dotada, y en algunos casos superdotada. Y cuestan un dinero que no sobra.
Pienso que, por tanto, y coincidiendo contigo, el uso predominante debería ser el de actividad económica, que buena falta le hace a una ciudad donde los servicios direccionales y el comercio -por la crisis, pero también por la revolución que vive el sector, léase comercio electrónico- quizá no tiren ya mucho más de la economía local. No sé si debería ser industria -en una región que se desindustrializa mientras el resto del país se reindustrializa- pero sí que debería dedicarse a actividades innovadoras, creativas, que requieran conocimiento. Aquella noche blanca tropecé con Rodolfo Lillo, director de Treelogic, que andaba en un espectáculo en el que un japonés aunaba arte -musical y visual- con las nuevas tecnologías. Quizá sea una muestra de lo que se puede hacer. En Asturias, y pese a esa secular falta de creatividad, hay quienes investigan cómo lanzar cohetes mediante un acelerador electromagnético a quienes buscan nuevos caminos en el arte.
Quizá el reto de ese espacio sea, entre otros, transformar esa creatividad cosmopolita -aquella Noche Blanca abundaba por allí gente “distinta” a la que solemos ver por las calles de Oviedo- en actividad económica, atrayendo talento foráneo y contribuyendo a cambiar la percepción de Oviedo y Asturias. Aprovechando una coyuntura económica positiva como la actual
Quizá con colaboración de la UE. Atrayendo a Premios Príncipe de las Artes y las Ciencias. El mayor riesgo: que esto surja de “arriba” y no de ”abajo”. O pensar, con derrotismo, que es una nueva edición de aquellas ”factorías culturales” de Cueto y Quirós, allá por los 80.
NI que decir tiene que habrá que coordinar todo esto con lo de El Cristo. Un espacio de vocación más local. E, incluso, con una previsible transformación de Llamaquique ante una posible reunificación de campus en el Cristo. ¿Hablamos de un nuevo PGO para Oviedo que coordine tanto desafío?
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Son, somos, más.
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Jacobo Blanco | 28-09-2015 | 07:49| 0

Las elecciones autonómicas celebradas ayer en Cataluña me sugieren algunas reflexiones de urgencia:

1. La primera, sobre las líneas de fractura que, a la luz de los resultados electorales, grietan el tejido social catalán. Resultados que, con una participación rayana en el 80% –al límite de lo técnicamente posible en unas elecciones- pueden considerarse bien representativas.

La que separa a independentistas (en torno al 47% del voto, asumiendo que todos los votantes de Convergencia o los de las CUP sean independentistas, cuando la primera bebe en las fuentes del catalanismo moderado y las segundas en la mejor tradición del anarquismo internacionalista catalán) y unionistas (53%) asumiendo también que los votos de la filial podemita -se supone que los que no lo son se han ido a las CUP o Junts- lo sean en su integridad.

Entre renovación y “tradición”: ahí está el fiasco electoral de los partidos tradicionales (todos pierden porcentaje de voto, incluido el conglomerado de Convergencia más ERC, y Unió, con más de 80 años de historia, desaparece del mapa parlamentario) y el auge de los neopartidos: éxito clamoroso de Ciudadanos, que se beneficia, con un relato fresco y desacomplejado, de ambas líneas de fractura, menos clamoroso de las CUP y muy relativo, en relación con las expectativas, del podemismo. Tres partidos que suman un 35% del voto. Con todo, y pese a los estragos de la crisis, que ha afectado muy especialmente a Cataluña, sólo –o nada menos que- la mitad de ese 35% es antisistema.

Y territorial: mayoría unionista en Barcelona –con ¾ de la población de Cataluña- y Tarragona. E independentista en Lérida y Gerona, menos urbanas.

2. El fracaso de Junts, que pierde porcentaje de votos y escaños por comparación con la suma de CiU y ERC en 2012, pese a la atosigante y distorsionadora propaganda institucional y mediática. No alcanzan el 40% y se dejan nueve escaños por el camino. CiU, sola y moderada, recogía más porcentaje del sufragio hace no tantos años.

3. Los electores de Ciudadanos, PSC y PP  suman más, en conjunto, que los de Junts.  No digamos si se sumaran los votos de Unió. Han obtenido, sin embargo, 51 escaños, once menos que Junts.  Es lo que tiene, más allá del sistema electoral, presentarse a las elecciones divididos y poco motivados, sin un mensaje positivo: ¿no sería momento de presentar una candidatura “Juntos, mejor”, con un programa de mínimos cosido por amor a España? ¿Acaso, y más allá de la motivación,  tienen más en común CiU y ERC que PP, PSC y Ciudadanos (y, tal vez, Unió)? Por cierto; la ”rauxa” de la calle, visible en las multitudinarias manifestaciones septembrinas, no era sintomática del sentir general.   

4. La cerrazón alienante del  nacionalismo. A la vista de los resultados que iba desgranando el recuento, con clara minoría independentista y, desde luego, resultados bien inferiores a las expectativas de la candidatura encabezada por el señor Romeva, resultaba sorprendente la euforia de los señores Más y Junqueras, así como la del citado Romeva. Si bien cabe reconocer que el señor Mas estuvo relativamente contenido en una noche electoral propicia a los excesos que causa la euforia. Eso sí, reconoció finalmente, desafiante, el carácter plebiscitario de estas elecciones. Pues bien: perdió el plebiscito.

5. Y ahora ¿qué? La pírrica victoria de Junts añade dificultades a un gobierno que, ya de por sí, y por mor de las contradicciones internas de la propia candidatura –ideológicas y personales- parecía complicado con mayoría absoluta. El señor Mas, un superviviente nato, peón de brega de la decadente -pero influyente- burguesía catalana, parece amortizado tras el fiasco del “referéndum” de 2014 y el resultado electoral de este año. Da la impresión de que quizá sea la pieza a sacrificar si se quiere llegar a acuerdos parlamentarios. Y eso quizá supondría el final de la influencia de Convergencia en el gobierno de Cataluña en favor de una izquierda más o menos radical. Las CUP ya avanzaron que, de no darse mayoría independentista, aparcarían su colaboración con el “precés”. Cabe preguntarse si ese influyente empresariado de la región aceptaria sin más esa deriva izquierdista. Veremos qué sucede. Pero todo apunta a una inestabilidad parlamentaria que poco ayudará a mejorar la situación económica y social de Cataluña y, por ende, de España. No digamos cuando la única agenda política consensuable pasa por el soberanismo cuando no el independentismo. Y las prioridades de Cataluña, ahora, son, a mi entender, otras.

6. En realidad, Cataluña se parece cada vez más a Lampedusa: todo cambia para seguir  igual. Con los resultados en la mano, no parece momento de aventuras independentistas, sino de restañar heridas y cambiar de verdad las estructuras económicas y sociales de Cataluña, que, esas sí, son la causa de su mal estar y su decadencia económica. Pero el nacionalismo tampoco cambiará su discurso: pase lo que pase, aún con la independencia en la mano, no digamos con  fórmulas federales, la culpa de sus males seguirá siendo de España. Jamás de los propios catalanes. Que por algo son mejores: es la esencia del nacionalismo. Por supuesto, el “encaje”, con y sin federalismo, simétrico o asimétrico,  siempre será forzado. Recordemos que estamos tratando con nacionalistas con un balance de gestión peor que mediocre. Y España es su chivo expiatorio.

7. La clave está, a mi entender, en presentar batalla ideológica, forzando el debate social constructivo y realista y consolidando y ampliando la mayoría no independentista, haciéndola, por qué no, españolista. Desmontando la muchas veces falaz y distorsionadora mitología soberanista. Véase el éxito de Ciudadanos, con un mensaje esencial claro y sin complejos. Defendiendo la unidad de España (algo que, quizá, debería aplicárse bien el PSOE) tanto por razones históricas y sentimentales, como de mera conveniencia para todos. Y, sin duda, reivindicando España y una cierta idea de España –nuestra moderna España, europea, cosmopolita y exportadora, entre las 20 naciones punteras del mundo- como una historia de éxito, pese a indudables reveses históricos. Y, por supuesto, defendiendo la necesidad de regenerar el tejido social, económico e institucional de Cataluña y España. Y el clientelismo nacionalista. El reto es, por tanto, presentar esa batalla ideológica, con convencimiento y con un relato atractivo. Y hacerlo, en la medida de lo posible, juntos. Porque son –somos-más.

 PS. Cualquiera que sea el escenario futuro –improbable independencia, más que posible reforma constitucional y segura renegociación de la financiación autonómica- Asturias saldrá perjudicada, con las dificultades añadidas que ello supone para nuestra región. Léanse inversiones, investigación, políticas públicas, educación,…

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Candás, puerto-playa.
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Jacobo Blanco | 07-06-2016 | 16:50| 0

Candás está inquieto. La causa es un documento que está tramitando el gobierno regional, denominado Estrategia Integrada Portuaria Litoral de Asturias (EIGPLA) y que, si bien intenta incorporar metodologías relativamente  novedosas, como la gestión integrada de zonas costeras, asume y oficializa para Candás la vieja propuesta, que circula por las redes sociales sin paternidad reconocida desde la VIII legislatura, de ampliar el puerto ganando terreno al mar sobre la playa de la Pregona. Se levantaría una explanada que, entre otros servicios, contaría con un aparcamiento, sirviendo además de nexo entre las actuales instalaciones portuarias y las nuevas que se construirían  ampliando hacia el “lado puerto” el contradique-escollera  ya existente.

Los candasos han reaccionado contra la propuesta. Pero no lo hacen por ese síndrome antihormigón que la crisis ha inoculado en casi todos los españolitos. Tampoco por defender un bello paisaje, de gran valor estético o ecológico. Lo hacen, quizá también, por eso. Pero sobre todo, porque la Pregona, la Farola y la Peña Furada, como la dársena o la desaparecida almena, forman parte de la identidad de Candás y de su memoria vital. Como forman parte, también,  del solar urbano de un pueblo que siempre se estiró hasta la orilla del mar. Porque, ya que hablamos de gestión integrada del litoral,  el puerto,  a diferencia del de otras villas marineras, siempre compuso parte indisoluble de la trama urbana. La perfecta integración en ella de la Pregona, con sus depósitos de pez, y de  los viejos muelles –que abrigan desde el siglo XVI la primitiva playa varadero, dividida por la desembocadura del río Rita-  así como las muchas horas que el amplio y creciente espacio intermareal  permanecía en seco – Madoz escribía, ya en 1853, que “el puerto se enarenaba con facilidad”- facilitaron esa relación, convirtiendo ese espacio portuario-litoral en una prolongación del casco urbano -que ahora ha incorporado la escollera y la lámina de agua portuaria- donde siempre convivieron armónicamente los usos deportivos y recreativos con las faenas de mantenimiento que, aprovechando la varada de bajamar, se hacían a la flota y el aparejo.

Los candasos sienten que, con la reforma propuesta, se les hurta esa parte de su identidad, de su historia y de la trama urbana de la villa, ya muy alterada. Y que ya fueron parcialmente sustraídas cuando la última reforma portuaria, que se llevó por delante la almena y las bajamares de la dársena, adulterando también  la rampla decimonónica o destruyendo morriones con siglos de amarres a sus espaldas. Y que además, aporta poco a Candás. Porque si los solares abandonados de los viejos y corroídos tinglados de salazón y conserva -el “salt-belt” candasín- propiciaron el controvertido “Marsol” o docenas de viviendas que aportaron al menos actividad turística y mejores condiciones de vida, de la reforma del puerto el pueblo apenas ha obtenido nada. Si acaso,  impulsó cierto dinamismo en la lonja local –pionera en la venta directa- y convirtió el muelle en punto de amarre para  unas 200 embarcaciones deportivas, lejos aún de las 400 en las que estimaba el proyecto la capacidad del puerto. Indicando, por cierto, lo innecesario, por ahora, de la ampliación portuaria,  más aun con Luanco y Gijón infrautilizados.

La propuesta del EIGPLA ha despertado la adormecida ciudadanía candasa, que siente que si ese paisaje, la villa dejará de lado definitivamente, sus señas de identidad, pasando a ser un pueblo contero más, casi mediterráneo. Hasta el punto de convertir una simple exposición fotográfica en sutil reivindicación de un espacio en peligro. Son ya casi 10.000 las firmas contrarias obtenidas a través de change.org y de la asociación vecinal. Tal cantidad, aún con casi seguras duplicaciones y aportaciones forasteras, apuntaría hacia un amplio e insólito consenso en una villa que anda por las 8.000 almas. El ayuntamiento ha alegado el EIGPLA, aportando, entre otros, argumentos como los aquí expuestos. Cabe esperar que la CUOTA, siguiendo los mismos principios de gobernanza que  la gestión integrada de costas proclama, sea sensible a ellos y busque la mejor solución para el muelle, armonizando el necesario abrigo del puerto con la protección de esos espacios.  Quizá el remate fuera la posible declaración como BIC de toda la ribera de la Pregona y de la dársena interior del muelle, que  conserva casi intacta –a falta de sus espaldones, tantas veces repuestos tras las galernas- su cantería lamida por siglos de oleaje.

Ahora bien, más allá del legítimo orgullo por ese pasado marinero, quizá no sea el momento de mirar hacia atrás para buscar el futuro ni, desde luego, para pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Con mayor fuerza que en otras localidades costeras, el pequeño sistema industrial local –pesca, conserva, sal,  barriles, carbón, etc.- cimentó la economía candasina durante poco menos de un siglo -1870-1960- y desapareció hace décadas, tras entrar en decadencia durante los años treinta del siglo XX por motivos tan variados como complejos e incontrolables: desde la evolución de las técnicas de conservación del pescado fresco hasta el progresivo alejamiento de los caladeros, que exigió buques para los que el calado candasín no era suficiente. El último vestigio de ese pasado, la fábrica “Remo”, se fue hace pocos años. Pero no es menos cierto que, quizá por casualidad, ese pequeño sistema industrial precapitalista fue sustituido, a mi modo de ver, ventajosamente, por otro, ligado al metal, más vinculado al concejo y la comarca que a la villa. La creación de ENSIDESA en 1950 supuso una revolución social que terminó, no nos engañemos, con siglos de escasez, incertidumbre y, literalmente, zozobra.

Y es precisamente  esa industria  la que ha convertido la de Carreño en una historia de éxito, superando con mucho al ciclo pesquero: en los 25 años que van de 1988 a 2013, y siempre según Sadei,  la ocupación en Asturias permaneció estable, mientras que en Carreño escaló desde 3.657 a 6.067 empleos, muchos más de los que nunca aportó la mar. Los mismos, por cierto, que en 2007. El 46,5% corresponde a la industria: no está mal cuando tantos en España y Europa reclaman reindustrialización. De ellos, 1.623 corresponden al sector del metal, al que siguen en importancia otras industrias manufactureras (846 ocupados)   el comercio (664) y la salud, la educación y las administraciones públicas (501). Por el contrario, la pesca y el sector alimentario, que llegaron a suponer el 50% de la economía local  a principios del siglo XX, han pasado a ser marginales.

Ahora bien. Al igual que los puertos parecen pasar por ciclos de actividad –la ballena hasta el XVIII, cabotaje  (no en Candás) hasta  mediados del XIX, la pesca bien entrado el XX, comenzando ahora uno de ocio y recreo- los ciclos industriales también alcanzan un final. Esa prosperidad carreñína, poco apreciada por su ciudadanía, se sostiene  sobre sectores mayormente maduros, que viven con la espada de Damocles de la nueva división internacional del trabajo pendiendo sobre ellos. Son además, intensivos en consumo de energía que, en buena parte, se produce en el mismo Carreño con sistemas de generación anticuados y contaminantes, seguramente revisables, más aún cuando la preocupación medioambiental empieza a constituir una de las señas de identidad del concejo.  Y no sin razón.

En mi opinión, esa inquietud ciudadana supone una oportunidad para que Candás y Carreño encaucen esa explosión de ciudadanía hacia aguas más constructivas, buscando el rumbo más deseable para un futuro que, hasta ahora, vino, mayormente, dado. Recuperando el impulso emprendedor de nuestros bisabuelos marineros y conserveros, o el atractivo para los foráneos, adaptándolo al siglo XXI. Apoyándose en el rigor del realismo de lo posible, considerando su localización, su integración metropolitana, sus recursos, su tradición y sus conocimientos. Un futuro en el que el muelle y desde luego, la industria agroalimentaria, deberían constituir piezas integradas en una economía más diversificada y limpia que la actual, sostenible y  capaz de mantener el privilegiado nivel de servicios municipales que disfruta Carreño y que, por ahora, sólo la actual industria permite financiar. Quizá sea el momento meterse en faena.  Prolongando, con un nuevo ciclo, esa historia de éxito que cumple casi dos siglos.

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Candás, Carreño: el puerto, el pasado el presente y el futuro
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Jacobo Blanco | 02-08-2015 | 09:45| 0

Candás 1890: los límites entre playa y calle son difusos

Candás 1934: los limites son más precisos, pero las lanchas están en la calle mientras los candasos juegan en el puerto seco

Candás está inquieto. La causa es un documento que está tramitando el gobierno regional, denominado Estrategia Integrada Portuaria Litoral de Asturias (EIGPLA) y que, si bien intenta incorporar metodologías relativamente  novedosas, como la gestión integrada de zonas costeras, asume y oficializa para Candás la vieja propuesta, que circula por las redes sociales sin paternidad reconocida desde la VIII legislatura, de ampliar el puerto ganando terreno al mar sobre la playa de la Pregona. Se levantaría una explanada que, entre otros servicios, contaría con un aparcamiento, sirviendo además de nexo entre las actuales instalaciones portuarias y las nuevas que se construirían  ampliando hacia el “lado puerto” el contradique-escollera  ya existente.

Los candasos han reaccionado contra la propuesta. Pero no lo hacen por ese síndrome antihormigón que la crisis ha inoculado en casi todos los españolitos. Tampoco por defender un bello paisaje, de gran valor estético o ecológico. Lo hacen, quizá también, por eso. Pero sobre todo, porque la Pregona, la Farola y la Peña Furada, como la dársena o la desaparecida almena, forman parte de la identidad de Candás y de su memoria vital. Como forman parte, también,  del solar urbano de un pueblo que siempre se estiró hasta la orilla del mar. Porque, ya que hablamos de gestión integrada del litoral,  el puerto,  a diferencia del de otras villas marineras, siempre compuso parte indisoluble de la trama urbana. La perfecta integración en ella de la Pregona, con sus depósitos de pez, y de  los viejos muelles –que abrigan desde el siglo XVI la primitiva playa varadero, dividida por la desembocadura del río Rita-  así como las muchas horas que el amplio y creciente espacio intermareal  permanecía en seco – Madoz escribía, ya en 1853, que “el puerto se enarenaba con facilidad”- facilitaron esa relación, convirtiendo ese espacio portuario-litoral en una prolongación del casco urbano -que ahora ha incorporado la escollera y la lámina de agua portuaria- donde siempre convivieron armónicamente los usos deportivos y recreativos con las faenas de mantenimiento que, aprovechando la varada de bajamar, se hacían a la flota y el aparejo.

Los candasos sienten que, con la reforma propuesta, se les hurta esa parte de su identidad, de su historia y de la trama urbana de la villa, ya muy alterada. Y que ya fueron parcialmente sustraídas cuando la última reforma portuaria, que se llevó por delante la almena y las bajamares de la dársena, adulterando también  la rampla decimonónica o destruyendo morriones con siglos de amarres a sus espaldas. Y que además, aporta poco a Candás. Porque si los solares abandonados de los viejos y corroídos tinglados de salazón y conserva -el “salt-belt” candasín- propiciaron el controvertido “Marsol” o docenas de viviendas que aportaron al menos actividad turística y mejores condiciones de vida, de la reforma del puerto el pueblo apenas ha obtenido nada. Si acaso,  impulsó cierto dinamismo en la lonja local –pionera en la venta directa- y convirtió el muelle en punto de amarre para  unas 200 embarcaciones deportivas, lejos aún de las 400 en las que estimaba el proyecto la capacidad del puerto. Indicando, por cierto, lo innecesario, por ahora, de la ampliación portuaria,  más aun con Luanco y Gijón infrautilizados.

La propuesta del EIGPLA ha despertado la adormecida ciudadanía candasa, que siente que sin ese paisaje tan característico, la villa dejará de lado definitivamente sus señas de identidad, pasando a ser un pueblo costero más, casi mediterráneo. Hasta el punto de convertir una simple exposición fotográfica en sutil reivindicación de un espacio en peligro. Son ya casi 10.000 las firmas contrarias obtenidas a través de change.org y de la asociación vecinal. Tal cantidad, aún con casi seguras duplicaciones y aportaciones forasteras, apuntaría hacia un amplio e insólito consenso en una villa que anda por las 8.000 almas. El ayuntamiento ha alegado el EIGPLA, aportando, entre otros, argumentos como los aquí expuestos. Cabe esperar que la CUOTA, siguiendo los mismos principios de gobernanza que  la gestión integrada de costas proclama, sea sensible a ellos y busque la mejor solución para el muelle, armonizando el necesario abrigo del puerto con la protección de esos espacios.  Quizá el remate fuera la posible declaración como BIC de toda la ribera de la Pregona y de la dársena interior del muelle, que  conserva casi intacta –a falta de sus espaldones, tantas veces repuestos tras las galernas- su cantería lamida por siglos de oleaje.

Ahora bien, más allá del legítimo orgullo por ese pasado marinero, quizá no sea el momento de mirar hacia atrás para buscar el futuro ni, desde luego, para pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Con mayor fuerza que en otras localidades costeras, el pequeño sistema industrial local –pesca, conserva, sal,  barriles, carbón, etc.- cimentó la economía candasina durante poco menos de un siglo -1870-1960- y desapareció hace décadas, tras entrar en decadencia durante los años treinta del siglo XX por motivos tan variados como complejos e incontrolables: desde la evolución de las técnicas de conservación del pescado fresco hasta el progresivo alejamiento de los caladeros, que exigió buques para los que el calado candasín no era suficiente. El último vestigio de ese pasado, la fábrica “Remo”, se fue hace pocos años. Pero no es menos cierto que, quizá por casualidad, ese pequeño sistema industrial precapitalista fue sustituido, a mi modo de ver, ventajosamente, por otro, ligado al metal, más vinculado al concejo y la comarca que a la villa. La creación de ENSIDESA en 1950 supuso una revolución social que terminó, no nos engañemos, con siglos de escasez, incertidumbre y, literalmente, zozobra.

Y es precisamente  esa industria  la que ha convertido la de Carreño en una historia de éxito, superando con mucho al ciclo pesquero: en los 25 años que van de 1988 a 2013, y siempre según Sadei,  la ocupación en Asturias permaneció estable, mientras que en Carreño escaló desde 3.657 a 6.067 empleos, muchos más de los que nunca aportó la mar. Los mismos, por cierto, que en 2007. El 46,5% corresponde a la industria: no está mal cuando tantos en España y Europa reclaman reindustrialización. De ellos, 1.623 corresponden al sector del metal, al que siguen en importancia otras industrias manufactureras (846 ocupados)   el comercio (664) y la salud, la educación y las administraciones públicas (501). Por el contrario, la pesca y el sector alimentario, que llegaron a suponer el 50% de la economía local  a principios del siglo XX, han pasado a ser marginales.  

Ahora bien. Al igual que los puertos parecen pasar por ciclos de actividad –la ballena hasta el XVIII, cabotaje  (no en Candás) hasta  mediados del XIX, la pesca bien entrado el XX, comenzando ahora uno de ocio y recreo- los ciclos industriales también alcanzan un final. Esa prosperidad carreñína, poco apreciada por su ciudadanía, se sostiene  sobre sectores mayormente maduros, que viven con la espada de Damocles de la nueva división internacional del trabajo pendiendo sobre ellos. Son además, intensivos en consumo de energía que, en buena parte, se produce en el mismo Carreño con sistemas de generación anticuados y contaminantes, seguramente revisables, más aún cuando la preocupación medioambiental empieza a constituir una de las señas de identidad del concejo.  Y no sin razón.

En mi opinión, esa inquietud ciudadana supone una oportunidad para que Candás y Carreño encaucen esa explosión de ciudadanía hacia aguas más constructivas, buscando el rumbo más deseable para un futuro que, hasta ahora, vino, mayormente, dado. Recuperando el impulso emprendedor de nuestros bisabuelos marineros y conserveros, o el atractivo para los foráneos, adaptándolo al siglo XXI. Apoyándose en el rigor del realismo de lo posible, considerando su localización, su integración metropolitana, sus recursos, su tradición y sus conocimientos. Un futuro en el que el muelle y desde luego, la industria agroalimentaria, deberían constituir piezas integradas en una economía más diversificada y limpia que la actual, sostenible y  capaz de mantener el privilegiado nivel de servicios municipales que disfruta Carreño y que, por ahora, sólo la actual industria permite financiar. Quizá sea el momento meterse en faena.  Prolongando, con un nuevo ciclo, esa historia de éxito que cumple casi dos siglos. 

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Madrid, cuestión de Estado
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Jacobo Blanco | 22-06-2015 | 15:39| 0

Durante el último cuarto de siglo, hemos transformado radicalmente durante nuestras ciudades. Muy especialmente un puñado de ellas, casi iconos mundiales. Barcelona, con la Olimpiada y su apertura litoral; Bilbao, regenerando la Ría y el bocho, con el Guggenheim por estandarte; Valencia, recuperando el cauce del Turia. O, por qué no, ciudades medias como Santiago, armonizando sabiamente lo viejo y lo nuevo. O Burgos. O…  Renovando y diversificando, casi todas ellas, su estructura económica: Bilbao, muy especialmente; pero Valencia  o Burgos no se quedan atrás.

Madrid, sin embargo, no figura. Y ello a pesar de la exitosa, ejemplar, gentrificación del casco histórico -Letras, Chueca, Malasaña, Lavapiés,…-  o de la recuperación de la ribera del Manzanares, abriendo espacios públicos donde había autopistas. Quizá el proyecto de regeneración urbana más importante de Europa, aunque lastrado por su periferia y el protagonismo que un río que, más que río, es aprendiz represado.  Algunas iniciativas pioneras en  políticas públicas, como el Samur o algunas políticas de  vivienda, han pasado desapercibidas, justo al contrario que en Barcelona, donde programas con menor impacto pero mejor venta, apuntalan su percepción de ciudad vanguardista.

Madrid ha sufrido siempre una mala relación con el resto de España, las “provincias”. Pasa también con Londres en el Reino Unido. O en Francia, donde París convive con la paradoja de que ser percibida al margen de los ritmos profundos del país, pero también como icono patrio, con su urbanismo y cultura tan “pour épater”, tan “chic”. Los escenarios urbanos de Madrid pasan por anodinos, y los “gatos” –no digamos los españoles- se preocupan poco por embellecerla. Pocos en España apreciamos una ciudad que posee alguno de los mejores espacios urbanos del mundo, como ese paseo del Prado-Recoletos herido por el tráfico, oculto por un arbolado desmañado, aunque a la altura conceptual de ámbitos como Unter den Linden, National Mall o los Campos Elíseos. Madrid, además, ha forjado una base económica que la convierte en motor económico de España, captando hasta el 50% de la inversión exterior o siendo sede el 40% de las 200 mayores empresas españolas, situándola en posición de competir con Milán o Frankfort  en ese segundo escalón mundial de ciudades, sólo por detrás, en Europa, de Londres y París. Ese es el escenario de competencia de Madrid.

Ahora ha tomado el poder en Madrid, agazapado tras la abuelita como el lobo del cuento, y aupado por votos ajenos, un grupo que confunde su micromundo deshumanizador y bárbaro de profesionales de la subversión con una realidad compleja  y plural que les disgusta y pretenden ahormar a su peculiar cosmovisión.  Con un programa corto de miras, de urgencias y “comunas”, quieren parar la ciudad. Empezando por la Operación Chamartín o Distrito Castellana Norte, una actuación estratégica para Madrid y para España, en línea con otras acometidas por Frankfort, Milán, Berlín o Amsterdam. Sería una de las piezas que necesita Madrid  para transformarse  definitivamente en ciudad mundial. Y es factible. Pero Chamartín representa justamente  lo que ellos detestan.  Creo que, como la conservación del Paseo del Prado o la del Madrid de la Ilustración en general, Castellana Norte debería  ser asunto de Estado, salvaguardado de vaivenes políticos, como corresponde a una metrópoli que, en un mundo donde las ciudades son, cada vez en mayor medida, protagonistas, constituye uno de los principales escaparates y motores económicos de la nación.

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Consensos
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Jacobo Blanco | 15-06-2015 | 11:29| 0

Asegura el Secretario General del PSOE que “el Gobierno ha roto los consensos básicos”. Ignoro a qué consensos se refiere. Aunque intuyo que es a esa práctica unanimidad de los españoles acerca de la conveniencia de que las administraciones públicas gasten más en salud, educación, pensiones y bienestar, y menos en defensa e infraestructuras. Un consenso trasversal –este sí- compartido con buena parte de la UE, aunque no con la misma intensidad.

Pero cabe preguntarse si esos consensos no parten de premisas equivocadas. O si se fundan en relaciones causa-efecto erróneas. Si preguntan por ahí, comprobarán que la ciudadanía cree, mayormente, que nuestras administraciones gastan más en defensa que en pensiones, cuando las pensiones decuplican el gasto militar. Lo mismo ocurre con la educación –que lo cuadruplica-o el sanitario, que lo multiplica por ocho.  Podemos pensar que aun así es insuficiente. Pero nuestro gasto educativo por alumno es similar o algo superior al alemán o al finlandés que, sin embargo, obtienen mejores resultados académicos y profesionales. Nuestro esfuerzo público en pensiones es superior al nórdico. Y la proporción del gasto social público sobre PIB en España no sólo es una de las más elevadas de la OCDE, sino también la que más ha crecido durante la crisis. Quizá nos equivoquemos: no parece que los problemas de algunos de nuestros servicios públicos sean, exclusivamente, de índole presupuestaria.

Y quizá nos volvamos a equivocar cuando, ante la limitación de recursos, es voz pópuli que si es así, es como consecuencia de la abundancia de políticos. Políticos, además, corruptos o sobrerremunerados.  Bankia -en cuya Asamblea estaba el Sr. Sánchez- puede ilustrarlo: es creencia general que los 24.000 millones inyectados lo fueron para reponer lo robado por sus directivos (políticos en su mayoría) cuando en realidad, y a pesar de emolumentos desenfrenados e inmerecidos, opacos e incluso ilegales, las causas de ese agujero son mucho más complejas. Cabe pensar si no estaremos exagerando una corrupción ya de por sí inaceptable y atribuyéndole erróneamente la causa de que las cosas estén mal. Sobre todo, cuando quizá las cosas no estén tan mal como pensamos.

Pero la clase política parece haber comprado ese discurso. Con frecuencia creciente, nuestros políticos dicen, a diestra y siniestra, lo que la ciudadanía quiere escuchar. Aseguran incluso que harán lo que la gente quiera hacer, llegando a veces al esperpento. Olvidamos eso no es democracia, sino populismo o demagogia. La nuestra es una democracia representativa, donde elegimos a los que toman decisiones. Algo que, por supuesto, no excluye el diálogo entre representantes y representados a través de canales de participación. Pero la responsabilidad exige al político tomar decisiones desagradables, explicar por qué las toma y confrontar a la ciudadanía con la complejidad de la gestión pública y de los desafíos que encaramos. Algo que, ay, requiere capacidad para comprender los problemas, trasladárselos a la ciudadanía y convencerla de la conveniencia de estrategias, no siempre agradables, a largo plazo. Hablamos, en fin, de algo tan políticamente incorrecto como el liderazgo.  Porque el consenso no implica verdad ni acierto. Y quizá en España, empezando por el Sr. Sánchez, debamos replantearnos algunos consensos.

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Demografía: una clave ignorada
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Jacobo Blanco | 10-06-2015 | 09:27| 0

La demografía es una de las claves del futuro. Desde  las políticas de bienestar  hasta las pautas del consumo privado, todo está condicionado por las dinámicas vegetativas y migratorias, de la población.  Los indicadores que ofrece hoy EL COMERCIO muestran como en Asturias esas dinámicas son particularmente preocupantes. Récord, por lo negativas, en Europa. Y diríamos que en el mundo. Asturias envejece, se muere. Y su impacto silencioso sobre nuestras políticas públicas, sobre nuestra estructura económica se hace cada día más patente. Otra cosa es que lo queramos ignorar.

 Aunque las causas de las tendencias poblacionales son muy discutidas por los expertos, intentaremos aportar algunas claves que condicionan las asturianas.   

 1. La adopción de una pauta demográfica moderna común con casi toda Europa (también EEUU y, en menor medida, y más recientemente, Latinoamérica). Esto es, un modelo de baja mortalidad y baja natalidad, siquiera por comparación con ratios históricas. Recuerden cuántos hermanos tenían sus abuelos. Piensen en cuántos hijos o hermanos tienen ustedes. Es lo que se denomina Transición Demográfica. España la completó a partir de 1950. Pero Francia, por ejemplo, la puso en práctica en el XIX. Los datos para ciertas regiones de Turquía o para la Guyana francesa se explican, siquiera en parte, por no haber completado aún la transición hacia un modelo demográfico plenamente moderno. 

 2. El modelo demográfico moderno tiende a avanzar, en toda Europa, no sólo hacia una reducida natalidad, sino también al retraso del momento de tener el primer hijo, ampliando las horquillas generacionales y rebajando aún más la natalidad. Las mujeres españolas, y las asturianas en concreto, están retrasando su primer hijo hasta bien pasada la treintena, algo por encima de la media comunitaria. ¿Por qué? Las mujeres -que  a efectos demográficos, son las que cuentan- no sólo estudian muchos más años que en 1975, sino que también inician una carrera profesional cuya consolidación les ocupa hasta bien entrada la treintena. Además disponen de tecnologías anticonceptivas fiables que les permiten controlar su reproducción.

 3. La escasez del trabajo es otra de las claves que explican la escasísima natalidad de España y, en particular, de Asturias: retrasa la consolidación profesional de las mujeres y de sus posibles parejas. La tasa de ocupación en Asturias, o en Lugo, o en Zamora,  o en Basilicata, en torno al 40%, no sólo es muy inferior a la europea, sino también a la nacional. Escasean los recursos necesarios para criar a los hijos -o hijo- en las condiciones que los padres desean, iguales o mejores que las que ellas disfrutaron en su infancia.  Recordemos, además, que en Asturias  venimos de tiempos mejores. Por si fuera poco, el trabajo no es de calidad. El 58% de las españolas entre 18 y 39 años están ocupadas con contratos temporales. El salario más frecuente es de 12.000 € brutos anuales. Todo contribuye  a crear incertidumbre y desanima a emprender un proyecto vital a largo plazo como es la crianza de un hijo. Pueden argüir  que en Turquía disfrutan una elevada fecundidad mientras la ocupación es bajísima: pero muchas de sus regiones aún no han completado la transición demográfica. Está, además, está la importancia de lo cultural (léase religión, tan presente y cada vez más). Una variable cultural que, a la inversa –secularización, quizá consumismo- también contribuye en España y Asturias a reducir el número de hijos.

 4. Asturias, región industrial, completó antes que otras regiones españolas la transición demográfica. La suma de una natalidad ya baja desde hace dos generaciones, el goteo de la emigración juvenil desde hace décadas y la escasez de empleo, así como el retardo en tener el primer hijo, amplifican la baja natalidad: tenemos pocas mujeres en edad fértil, que a su vez tienen pocos hijos y tardíos.

 5. Las políticas de apoyo a la familia en España –también en Asturias- son escasas. Según Eurostat, España dedica 258 € por habitante y año a apoyar a la familia y la infancia, cuando la media en la UE-15 es de 613€ y en Irlanda o Escandinavia supera los 1000€. España emplea recursos ingentes en pensiones o desempleo, pero no en políticas familiares. Tampoco nuestros horarios y costumbres, ni las políticas de conciliación, ayudan. Hay una pauta latina, compartida con Italia, de que sean los abuelos los que cuiden de los críos. En España, con más o menos intensidad, el 67%. Hasta el punto de que un factor significativo de localización residencial en España es la proximidad a la casa de los padres -o la madre- de ella. En Italia no es insólito compartir techo con la familia materna.  Un elemento que anima la natalidad en los países del centro y norte de Europa es el trabajo a tiempo parcial, aunque estable y bien remunerado. En Holanda, el 50% de los empleos -75% entre las mujeres-, lo son. Y, aunque menos, también abunda en otros países, como Suecia -25%-, Alemania,… 

 6. La combinación de estos factores: fase avanzada de la transición demográfica, secularización, segunda generación de baja natalidad, magro crecimiento económico, empleo escaso, incierto y relativamente mal pagado, políticas familiares exiguas, dificultad para conciliar, explican la baja natalidad en Asturias de un hijo por mujer, muy inferior a las medias española (1,27 hijos) y comunitaria (1,55). Y es que Francia, Reino Unido, Bélgica, Escandinavia, etc. registran tasas cercanas a la tasa de remplazo, dos hijos por mujer, sin grandes discrepancias entre regiones. Excepcionalmente, Alemania y Austria presentan tasas en torno a 1,4 hijos. No están claras las causas. Más allá de motivos históricos o culturales, quizá influya que Alemania padece elevadas tasas de mujeres jóvenes –con frecuencia madres solas- con contratos temporales (37%) y de trabajadores pobres (24%). Pero es una mera hipótesis. El caso italiano, aunque no tan radical, es similar al español.  En España parecía que, hasta 2007, avanzábamos hacia los 1,5 hijos por mujer, pero la pauta se truncó con la Gran Recesión. Quizá este año mejore. Podemos dibujar, por tanto, tres modelos demográficos en la UE: uno, Atlántico-Escandinavo, con una fecundidad cercana a la tasa de reemplazo; otro, mediterráneo, de baja fecundad y un tercero, germánico, intermedio. Las pautas para el Este de Europa mostrarían, con ciertas disparidades, niveles similares a las germánicas, pero en un contexto muy distinto.

 7. En resumen, el problema demográfico de Asturias –y de otras regiones- es colosal, por su impacto sobre las políticas públicas, las pautas de consumo y, en general, sobre la sostenibilidad social y económica de la región. Asturias padece la menor tasa de crecimiento económico,  la tasa de ocupación más baja -o de las que más- la menor de natalidad, la mayor de mortalidad y la más elevada de suicidios. No es para estar orgullosos.

Estamos, por tanto, ante la que debería de ser una de las claves de acción de nuestro inminente gobierno regional, incidiendo sobre la inversión, la atracción de capitales, el crecimiento económico, el buen empleo, las políticas públicas familiares y la conciliación y los usos del  tiempo. Sorprende, por tanto, que estos días, en los que se habla de pactos y acuerdos, parezcan predominar las estrategias, tácticas y objetivos políticos a corto plazo, o incluso la mera ocupación del poder, sobre asuntos capitales para nuestro futuro como la demografía y todas sus implicaciones. Que son muchas y decisivas.

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“Normandie”
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Jacobo Blanco | 10-06-2015 | 09:19| 0

Hace unas semanas supe del “Normandie,” paquebote francés destinado al transporte trasatlántico de pasaje. Orgullo de Francia, el “Normandie” no era sólo el buque de mayor desplazamiento y velocidad de su época; era también el más innovador, incorporando un bulbo a proa y una turbina que generaba la electricidad que movía sus hélices, consiguiendo una maniobrabilidad y distancias de parada formidables. Pero, sobre todo, el “Normandie” era lujoso. Tanto que ha pasado a la posteridad como el “trasatlántico art-decó”. Además de lucir un casco vanguardista, algunos de sus salones se inspiraban en el de los Espejos de Versalles.  El “Normandie” nos trae recuerdos de una época en la que viajar era casi un arte, sobre todo si se podían abonar pasajes de primera clase. Todo lo contrario del “Anthem of the Seas”, el parque temático flotante que, semanas atrás, recaló unas horas en Gijón. Si en el “Normandie”, aun disponiendo de piscina o pista de tenis, predominaban los espacios destinados a la convivencia reposada o al “dolce far niente”,  el “Anthem”, repleto de atracciones, teatros, restaurantes, comercios y  áreas deportivas, no parece dejar un minuto al placer de la conversación relajada, interesante  y provechosa.  Sí, es cierto que el “Normandie” no era, como el “Anthem”, un buque de placer, sino un medio de transporte placentero.  Y también es cierto que si éste es una máquina de hacer dinero, aquel, como muchos de sus contemporáneos, nunca fue rentable, requiriendo generosas subvenciones gubernamentales. Signo de los tiempos.

Me dirán que a qué esta disquisición sobre barcos. Pues bien, el “Normandie” fue botado en 1935. Por esas fechas se fraguaba en Francia el Frente Popular. Tras años de tanteos entre socialistas y radicales, Stalin reacciono ante la inquietante política alemana impulsando la incorporación de los comunistas a las coaliciones izquierdistas. Tras meses de conversaciones, se acordó el programa que se presentaría a las elecciones de 1936, así como escenarios para su aplicación. Apoyado por una amplia mayoría, el gobierno, presidido por Blum, decidió impulsar la economía, tras años de austeridad, impulsando la demanda: aprobó las vacaciones pagadas, cantadas por Trenet, la jornada de 40 horas y un aumento salarial del 12%. Se nacionalizaron los ferrocarriles y se abarataron las tarifas para que los trabajadores pudieran aprovechar sus vacaciones. Eso sí, orillaron asuntos como la defensa nacional, confiada al diálogo y a la Sociedad de Naciones.  Daladier, firmante en Múnich, era el sucesor de Blum. Dos años después, la inflación había devorado los incrementos salariales, se devaluaba el franco, subía la desocupación y se anulaban, entre huelgas, algunas reformas.  Y en 1940, Hitler “visitaba” un Paris ocupado. Era el resultado de años de conversaciones para fraguar un acuerdo. Aquí, ahora, los acuerdos se pergeñan (o no) entre urgencias, diagnósticos y tratamientos errados,  tactismos, contradicciones, oscuridad, prejuicios ideológicos y, con frecuencia, arbitrismos a medio camino entre la demoscopia y las redes sociales. Nada hace pensar que vayan a resultar mejores. Dos apuntes finales: Francia repitió error económico en 1981, con consecuencias ideológicas mayúsculas. Y, segundo: requisado por EEUU, el “Normandie”, rebautizado “Lafayette” se hundió en 1942, luciendo colores de la US Navy, en los muelles de Nueva York.

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Sueldos, políticos y arribistas
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Jacobo Blanco | 01-06-2015 | 17:17| 0

Me sorprende  en empecinamiento podemita en la limitación de mandatos –práctica casi inexistente en otros países- pero, sobre todo, con la reducción de salarios para los cargos electos. Tal y como lo expresan, parece condición inexcusable para cualquier acuerdo de gobierno, sea municipal o autonómico.  Aun entiendo  menos la discrecionalidad de su cuantía, 1.900 euros. O como ellos proclaman, tres veces el salario mínimo. Mera añagaza para encubrir que se corresponden con los emolumentos del líder máximo en la Complutense, excluyendo, por supuesto, “Tuerkas”, “Fort Apaches” o tertulias sabatinas.

Mi opinión  es la contraria: los políticos, electos o no, deben de estar bien pagados y disfrutar estipendios apropiados a la responsabilidad que les otorgamos. Lo que no implica cifras de seis dígitos para cualquier cargo público.  Eso sí, creo que, a cambio, debemos exigir a nuestros representantes que estén a la altura de su salario y responsabilidad, reclamándoles calidad en el desempeño de su función. Algo que nos lleva al procedimiento de (s)elección. Algunos de los denominados  neopartidos proponen obligar, casi constitucionalizar, la elección mediante primarias. Sin embargo, permítanme dudar de su bondad: la base local de algunos partidos es tan exigua que una pequeña facción puede elegir líder a uno de los suyos.  Y a partir de ahí controlar la organización.  El resultado práctico de las primarias nos demuestra que no mejora al obtenido por cooptación o por voto restringido: en estas últimas elecciones han abundado los candidatos inaceptables o estrafalarios elegidos por procedimiento de primarias. En esos neopartidos han consolidado, frecuentemente, a los fundadores de la agrupación local o autonómica. Nadie apunta, sin embargo, a una modificación prudente del sistema electoral.  Pienso en el desbloqueo parcial de nuestras listas electorales.  Los votantes podrían mostrar preferencias sobre la lista que les propone el partido al que votan. Funciona en bastantes países europeos. Por supuesto, es una práctica que tiene también contraindicaciones: se presta a clientelismos, “famoseo”, populismos y demagogias. No existe el sistema electoral perfecto. Tampoco creo en una especial perspicacia del cuerpo electoral. Pero permitiría a los electores compartir un poder que ahora descansa exclusivamente en las cúpulas partidarias, utilicen primarias en sus organizaciones o no.

Estamos hablando, en fin, de mejorar la calidad de nuestras élites políticas. Algo que no lograrán las primarias ni, mucho menos, sueldos de 1.900 euros, quizá razonables para un ni-ni, becario, o trabajador en apuros, pero no para muchos profesionales, valiosos y competentes, que ganan más –aunque no necesariamente mucho más- que eso. Ignoro si, además de populista, es una medida que  apunta a estrategias de control partidario, eliminado a los mejores.  Creo que los emolumentos de políticos electos deberían corresponderse, siquiera, con el de un técnico de Grupo A de la administración o el de profesionales decentemente pagados, pero no con el salario medio y, menos aún, con el del líder máximo.

Son síntomas que, sumados a numerosos episodios vividos durante la campaña y  que podrían ejemplificarse en ese peculiar ovetense, de confuso pasado y extraño presente,  autopostulado para la alcaldía de Málaga, ofrecen la impresión de que, entre tanta demagogia, corremos el riesgo de pasar de una clase política autista, de aparatchiks aislados de la ciudadanía, a otra engrosada, en buena parte, por arribistas. Tiempo al tiempo. Evitémoslo.    

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Sobre el autor Jacobo Blanco
Tras un cuarto de siglo –y lo que quede- dedicado a la investigación social aplicada en el sector privado, en el público y al alimón, quizá fuera el momento de saltar a la palestra que me ofrecía El Comercio y aportar algo –o intentarlo, al menos- a la reflexión serena y, en lo posible, documentada y original, sobre lo que nos pasa.