El Comercio
img
Rodolfo Pico, una despedida en óleo sobre verso
img
María de Álvaro | 10-04-2017 | 16:58| 1

 “Si recordáis mi risa, si disculpáis mis errores pasados, si evocáis esas pequeñas cosas que un día compartimos, seguiré estando con vosotros. Recordadme en todo lo que compartimos y estaréis orando por mí y por todo lo que nos hace eternos. Tomémonos de la mano, os he amado tanto, he amado tanto la vida… y por ello vamos juntos a dar un abrazo al peso de la luz, que ya siempre será conmigo, en una infinita escucha, en un sonoro silencio”. Sólo un aplauso final rompió el “sonoro silencio”, pero no fue inmediato, se dejó esperar, gargantas anudadas, mientras artistas, amigos, galeristas… todos cuantos se reunieron ayer en el Evaristo Valle recordaban a Rodolfo Pico al cerrar su exposición que el destino quiso que fuera póstuma. A él, a su risa y a ese universo lleno de colores que el gijonés creó con su paleta.
Las palabras fueron el broche, la forma de cerrar la visita que guió por sus cuadros Jorge Mola, y eran palabras del propio Pico. Las escribió hace ahora dos años para confortar a un amigo que acababa de perder a su hermana. Él no lo sabía entonces, pero ayer sirvieron para despedirle o, mejor dicho, para hacerle más presente. Tan presente como su propio arte, ese que le sobrevive y que durante los últimos meses ha estado colgado de las paredes del museo de Somió. A las obras de Pico, a su “chat noir”, a su particular Principito “cosmonauta”, a sus nostalgias heredadas de Cuba por vía paterna, se sumaron además para la ocasión dos piezas, dos abrazos pintados de dos de sus colegas y grandes amigos: Miguel Watio y Pelayo Ortega. Pintó Watio a Rodolfo con su eterna gorra sobre un barco de papel despidiéndose para surcar un mar de mil colores y Ortega le dijo adiós con la sencillez de una pajarita de papel cargada de poesía, esquinada sobre fondo negro, negrísimo. Y los dos, con la pintura de Pico, con su recuerdo, le pusieron el mejor cierre a una muestra a la que seguirá, ya para siempre, su “sonoro silencio”.

Ver Post >
Machismo o idiotez
img
María de Álvaro | 22-03-2017 | 17:27| 0

Wilson Alfonso más que machista, es idiota, dos adjetivos, bien es verdad, que suelen ir de la mano. No se puede describir de otro modo a una persona que invierte su tiempo molestando a los demás con la única intención de hacerlo: de molestar, digo. Wilson Alfonso sale a la calle con su cámara, para a una chica, simula hacerle un truco de magia y cuando ella cierra los ojos le planta un beso en la boca y echa a correr. Plas, plas, plas. El chaval relata después su hazaña, anuncia futuros capítulos y, naturalmente, lo cuelga todo en internet. Y ahí está el verdadero problema. Porque Wilson Alfonso es, además de un idiota, un síntoma, un síntoma grave de la sociedad en la que nos estamos convirtiendo o nos hemos convertido ya: ese grupo humano idiotizado al que parece haberle dejado de importar la vida real para vivir en un mundo paralelo y virtual en el que la mayor chorrada es vista enésimas veces hasta convertirse en virus, que de ahí y de ningún otro lado viene la palabra ‘viral’.
Así que para ser ‘virales’ hacemos llorar a nuestros niños graciosamente, no dejamos a nuestros gatitos dormir la siesta en paz, nos autofotografiamos en los lugares más insospechados o preparamos un bodegón, también conocido como naturaleza muerta (tremendo metaforón, mira tú), con lo que se nos ocurra. Y así, foto a foto, ‘like’ a ‘like’, nos vamos convirtiendo en una civilización entre faltosa y menor de edad, con toda la crueldad de los niños, pero con nada de su inocencia, que es lo peor.
Al caso que nos ocupa, además, tenemos que añadir que, en su idiotez, Wilson Alfonso ni siquiera parece ser consciente de que está cometiendo un delito. A él le hace gracia, considera que esas chicas a las que para por la calle están ahí para formar parte de su cutre espectáculo. Y ese es otro problema añadido. Porque Wilson Alfonso rondará los 20 años. O sea, que la caspa que creíamos superada sigue ahí con toda su fuerza. Que lo del machismo no es cosa de señores trasnochados y que queda un océano por recorrer mientras andamos perdiendo el tiempo con ‘culos de Cubiella’. Demasiado a estas alturas de la película. Puag.

Ver Post >
¿A qué huele un sindicalista?
img
María de Álvaro | 12-03-2017 | 12:51| 1

José Ángel Fernández Villa huele a Chanel. Al menos algunos días, otros tira más a Calvin Klein, a Hugo Boss o a Paco Rabanne; que se sepa, jamás a jabón Chimbo, que José Ángel Fernández Villa es un tipo elegante y moderno, un hombre que sabe estar porque se mete sus buenas dosis de libros de autoauyuda, sus consejos de Cristina Tárrega para estar bien por dentro y por fuera e incluso se aplica el método Dunkan, que hasta para lucir palmito hay que seguir las modas. El de Tuilla es un tipo leído y bien leído, que además de libros al peso se gasta (es un decir) 18 euros al día en prensa, como tiene que ser, y cinéfilo, muy cinéfilo, con más pelis del Oeste en su casa que los archivos de TPA para surtir sus sesiones de tarde. También le gustan los coches, o por lo menos el gasóleo, y controla como nadie de conciliar, porque a pesar de ser un hombre ocupadísimo en las cosas del sindicato y en salvar al pueblo de la opresión del empresariu lo mismo te compra una docena de huevos que un tubo de pasta para la dentadura. Y encima, es todo detalles, especialmente en forma de cohibas para ir al Molinón. Un poco caprichosuco, eso sí, y amigo de los helados entre horas (si lo pilla el doctor Dunkan…) o de apretarse un pacharán de la que va para casa, que nadie dijo fuera monje cartujo ni tuviera que serlo.

Todo eso sabemos desde hoy de José Ángel Fernández Villa, hoy que EL COMERCIO ha desvelado un verdadero rosario de tiques del que fuera el ‘amu’ del SOMA, más que su secretario general. Todos pasados religiosamente al sindicato en concepto de gastos de representación. 430.000 euros le reclaman sus ex compañeros del carbón al ex amado líder, el grueso por estas “bolsas llenas de tiques”, en expresión utilizada por el excontable en el juzgado, que solo corresponden a lo gastado entre 2009 y 2012; del resto, para qué hablar. Y lo malo no es que Villa huela a Chanel, o a Cohibas, ni siquiera que pasara sus multas a cargo del ‘maestro armero’, lo grave es que se creyera Clint Eastwood durante cuarenta años y todos mirasen para otra parte. Cuarenta años en los que nadie dio un portazo para preguntar, sin perdón ni miramientos: “¿Quién es el dueño de esta pocilga?”. 

Ver Post >
Felipe
img
María de Álvaro | 08-03-2017 | 17:22| 0

Se llama Felipe y eso es lo único que sé de él. Su nombre. Lo pronunció con el hilo de voz que tenía en ese momento. Lo balbuceó, más bien. O, mejor dicho, lo amasó con su boca pastosa. Felipe. Dijo ‘Fe-li-pe’ tirado en el suelo, con la cabeza a apenas dos milímetros de la pata de un banco de hierro y una botella de crema de orujo, sí, crema de orujo ponía la etiqueta, marca blanca, pegajosa como su boca, muy cerca de su mano abierta, intacto el cristal. Dijo su nombre y que iba camino del albergue a dormir, y después ya nada. Felipe y su botella, intacta y vacía, se acababan de caer al suelo como debe de caerse un elefante moribundo en la sabana, pero fue en medio de la calle, de una avenida para ser exactos. Provocando más que ruido, un estruendo.

Es de noche y aún así la avenida está relativamente concurrida. Un señor como de su quinta le ve y mira para otro lado; una chica que pasea con su perro le ve y aprieta el paso; un chaval pasa y directamente hace como que no le ve. Felipe yace en el suelo. Nadie sabe que es Felipe, naturalmente. Porque nadie se lo ha preguntado aún. Porque nadie quiere saberlo. Porque parece que nadie se da cuenta de que todos podemos ser Felipe en algún momento, que Felipe puede ser nuestro padre, nuestro hermano, nuestro vecino.

Y es Felipe el que está tirado en el suelo, pero mientras llega la Policía para atenderle y llevarle a que pase la noche en el albergue del que en realidad le separan apenas algunos pasos pienso que somos todos, la sociedad entera, los que nos hemos dado la hostia y estamos ahí inconscientes, en el suelo, insensibles, incapaces de detener el paso un segundo para ver si ese tipo que acaba de caerse al suelo está vivo o muerto. Y acaso los muertos seamos nosotros. Borrachos de tantas cosas. 

Ver Post >
De otro planeta
img
María de Álvaro | 23-02-2017 | 11:10| 0

Hoy hay un lugar para la esperanza. No lo digo yo, lo dice la NASA, que ha descubierto que a solo cuarenta años luz existen planetas compatibles con la vida: solo a cuarenta años luz, o sea nada, porque un año luz son apenas 9,4 billones de kilómetros. Un paseín. Resulta que ahí, a tiro de piedra, tenemos otro sistema parecido al solar con siete planetas a los que podremos emigrar en cuanto nos carguemos este, cosa que al paso que vamos sucederá en no tardando. Trappist, hermanos terrícolas, esa es nuestra salida. El único problema que le veo es que como haber haya vida y ser sea parecida a la que conocemos, lo más probable es que no nos dejen entrar. Instalarán un muro o una valla o un vaya usted a saber qué clase de artilugio de últimisima generación, puede que verde, puede que plateado, porque como todo el mundo sabe los extraterrestres son verdes y/o plateados y seguramente les gustará su color. Querremos ir a Trappist, pero chocaremos con alguna frontera, con alguna aduana, porque allí todos seremos emigrantes. Hasta Trump.

Ver Post >
Inmortal y de Invernalia
img
María de Álvaro | 21-02-2017 | 12:01| 2

“Transita por los registros más variados de la vida intelectual española, pero esa actitud de tránsfuga y casi de fantasma inquieta e incluso enoja a los críticos amantes del orden, los géneros y las etiquetas”. Cortázar, el mismísimo Cortázar, dejó esto escrito a propósito de Gonzalo Suárez, del mismísimo Gonzalo Suárez, y a ver quién se atreve ahora a añadir algo más, a tratar de meter en unas pocas palabras a este gigante del cine, pero también de la literatura del siglo XX y lo que le queda del XXI, porque si algo tiene claro, además de que la realidad y la ficción son la misma cosa, es que no tiene intención de morirse nunca. Faltaría más.

Gonzalo Suárez es hijo del surrealismo, hermano de la magia, primo de los clásicos, está casado con el sentido del humor y la imaginación es su amante. Parió la todavía inclasificable ‘Aoom’, la ya clásica ‘Remando al viento’ (Lord Byron y Mary Shelley estuvieron en Llanes, claro que sí) y es el culpable de que Ana Ozores tenga para miles de personas la cara de Emma Penella. Se inventó al genial Ditirambo, bebió directamente de ‘Las fuentes del Nilo’, demostró que ‘El lado oscuro’ no es patrimonio exclusivo de Darth Vader… Es un intelectual y, a la vez, un tipo al que adoran en su pueblo.

Si Gonzálo Suárez, que además de todo es fan confeso de ‘Juego de Tronos’, fuera un personaje de la saga de R. R. Martin sin duda sería Jon Nieve, el bastardo contracorriente de Invernalia que se convierte en héroe, entre otras cosas, porque sabe más que los demás: porque se ha asomado al otro lado del Muro. Claro que habría que añadirle algo del genio coñón y arrebatadamente inteligente de Tyron Lannister, el gusto por las mil caras de Arya Stark y la fe inquebrantable del Gorrión Supremo, en su caso creyente fiel del dios de las películas y de los libros. Todos esos ingredientes habría que añadir a un plato imposible de comer en una sentada. Como ese universo que él ha creado y que nos regala cada vez que se coloca detrás de una cámara, se sienta frente al ordenador o empuña un boli. Ese universo tan inmortal como él. Puede que más.

Ver Post >
Sin camas por “coñazo”
img
María de Álvaro | 17-02-2017 | 20:01| 0

Las hemerotecas son muy canallas. Todo está ahí, guardadito para salir como si quisiera vengarse. Y ahora más. La de EL COMERCIO, sin ir más lejos, puede consultarse digitalizada desde el sofá de casa. Pueden abrir ahora mismo el periódico del 16 de febrero de 2011, un día como el de ayer aunque seguramente menos soleado, y ver. Verán cómo el presidente de la cadena AC inauguraba hace seis años, rodeado de autoridades políticas una habitación, la 302 del que iba a ser el cinco estrellas de Gijón, en la Universidad Laboral. Se firmó un contrato, se hicieron fotos, posó el presidente del Principado, y la consejera de Cultura, y la alcaldesa de Gijón (otros)… Y nunca más se supo. Hasta esta semana. El presidente de la cadena AC volvió a Asturias y deshizo la cama. Dejó claro que el hotel no se hace y que cuando llegue el AVE vamos a ser muy competitivos y tal pero que, oye, que de momento el viaje a Madrid es “largo y complicado”, “un coñazo”, así, literal. Eso dijo, y aquí nos dejó, al otro lado del Muro. Como los salvajes de Juego de Tronos. O así.

Ver Post >
Dios y el Sporting
img
María de Álvaro | 09-02-2017 | 19:44| 0

En 1982 el Ayuntamiento de Cangas de Onís declaró en solemne Pleno municipal persona non grata a un famoso escritor, premio nobel para más inri, que se atrevió a meterse con la Virgen de Covadonga. Sea verdad, leyenda o mito aquel famoso exabrupto que recordaba el tamaño de la Santina el caso es que el famoso escritor dejó de concitar quereres a este lado del Pajares. Quereres de creyentes, agnósticos, ateos y hasta descreídos porque, como todo el mundo sabe, al parecer a excepción de Camilo José Cela, la ‘reina de nuestras montañas’ forma parte del patrimonio asturiano, del de todos. Y buenos somos nosotros para nuestras cosas desde tiempos de Pelayo, y hasta  del Sidrón.

 

Viene esto al caso, con permiso de las comparaciones, de la última polémica del Sporting. Resulta que el nuevo entrenador ha prohibido al capellán del equipo entrar en el vestuario. Esgrime Rubi la sacrosanta laicidad y lo cierto es que nadie puede, o no debería, quitarle la razón. Al menos no la razón teórica, pero ya se sabe que, en teoría, funciona hasta el comunismo, y no lo digo yo, lo canta Nacho Vegas. Así que nadie defiende que un equipo de fútbol tenga cura ‘oficial’ a estas alturas de la película, no, pero Fernando Fueyo es una institución en el Sporting y su intervención un padrenuestro antes de cada partido que reza (o rezaba) con él quien quiere, naturalmente-, algo tan inocuo que resulta increíble que el entrenador pierda siquiera un segundo en esto con la papeleta que tiene, que tenemos, por delante. Eso por no hablar de que tal y como está la Liga no nos viene mal ninguna ayuda, especialmente si llega del cielo. Un milagro. Eso es justo lo que hace falta.

Ver Post >
Creer en Laboral
img
María de Álvaro | 07-02-2017 | 13:12| 0

«El talento no necesita dinero, con un bolígrafo y un papel se puede ser Shakespeare».

(Gonzalo Suárez)

 

Lo bueno de las frases rotundas es precisamente su rotundidad. A veces, además, son verdad, como esta y como prácticamente todas las que pronuncia, escribe o filma Gonzalo Suárez; pero la verdad, por más mayúscula que sea, siempre tiene matices. El talento es gratis, aprovecharlo suele costar y suele costar, con permiso de los sudores, dinero. Al menos mientras el Banco Mundial, Trump y Alemania se sigan empeñando en que no volvamos, por ejemplo, al trueque. Por eso Laboral Centro de Arte necesita dinero, un presupuesto para que el barco, el trasatlántico, no naufrague. Pero antes que eso necesita algo mucho más importante: necesita que el dueño de las llaves, el Gobierno del Principado, se lo crea, que lo considere como un activo y no como un pufo heredado de otros políticos que, por lo que se ha visto, comparten siglas pero nada más. También necesita que se lo crea el Ayuntamiento de Gijón, que mira para el gigante de Cabueñes con desconfianza y ganas de que no dé un salto sobre un charco embarrado y, especialmente, que si esto ocurre no le salpique. También necesita que se lo crean la Universidad de Oviedo y los empresarios y, sobre todas las cosas, necesita que nos los creamos usted y yo, porque sin la implicación de eso que hemos dado en llamar ‘sociedad’ da igual que tenga todo el dinero del mundo, cosa que por cierto tuvo en aquellos tiempos en los que éramos ricos, porque seguirá sin importar.

La cultura, esa palabra tan denostada por unos y tan vacíamente abanderada por los del ejército contrario, no es nada en realidad. Es sólo lo que nos hace humanos. Así de simple. Así de prescindible también, naturalmente, que para producir y consumir no necesitamos alma, vale la cartera.

El problema es qué ha pasado para que en diez años nadie, o casi nadie, haya creído en Laboral Centro de Arte. Su cierre hasta marzo –por más que la Consejería de Cultura insista en negarlo y en mirar para otro lado, otra vez– es el cierre de todos. El cierre de una manera de gestionar a golpe de chequera y sin absolutamente nada más, difícil o imposible de mantener cuando vienen mal dadas.

Laboral tiene que mirarse hacia dentro, pero muy especialmente hacia afuera. De nada sirve que sus paredes hayan albergado una de las más hermosas piezas de imagen y sonido de Ryoyi Ikeda, que Robert Henke trajese hasta aquí una instalación de láser que después se la ha rifado medio mundo o que algunas grandes piezas de la colección de Francesca Thyssen se instalasen durante meses en Gijón. De nada valen su directorio de artistas asturianos o los proyectos puestos en marcha desde sus laboratorios de investigación, algunos de ellos con importantísimas becas internacionales. Tampoco que su nueva directora, después de casi un año sin nadie al frente, Karin Ohlenschläger, sea una voz indiscutible en el arte contemporaneo, un lujo.

Todo eso no sirve si nadie lo ve: ya saben lo del lío filosófico del árbol que se cae en el bosque y el sonido que produce. Y habrá que preguntarse por qué nadie quiere verlo. Laboral necesita público. Y al público hay que darle cosas buenas, pero sobre todo hay que darle algo. Cerrar tres meses al año y tres días a la semana es justo lo contrario de lo que necesita el Centro de Arte. Lo que hay que hacer es llenarlo de actividad y de talento, del que se hace con un boli y de los demás. Y también hay que facilitar la visita, y que haya un sitio para tomarse un café, con perdón por lo prosaico. Porque en el supuesto de que no nos interese ser humanos, incluso en el caso de que el arte y la cultura nos parezcan una soberana pérdida de tiempo, que estamos en nuestro derecho, no faltaba más, habremos de acordar que como motor ecónomico funciona. O puede hacerlo. Y no, no voy a aburrir con el efecto Guggenheim, para qué. Simplemente, un dato para quienes quieren matar o dejar morir el Centro de Arte: hasta ahora hemos invertido cerca de 26 millones de euros más los 8,6 millones de coste del edificio. Sí, ha leído bien. ¿Y ahora qué? ¿Los tiramos o los amortizamos?

Ver Post >
El gato para el que trabajo
img
María de Álvaro | 29-01-2017 | 17:14| 0

El gato para el que trabajo ha descubierto que tengo poderes. Le convenzo sin proponérmelo cada día cuando, por ejemplo, se acerca a ese tubo brillante y plateado del que, si yo quiero, sólo si yo quiero, mana agua. Él se coloca debajo, incrédulo, como preguntándose, al estilo Rajoy, por qué a veces si y a veces no; y cuando por fin brota me mira una fracción de segundo impresionado y ya se olvida de mi existencia para beber como si fuera todos los peces que caben en un río. Otras veces le dejo pasmado haciendo surgir de una especie de nave espacial unos trozos de algo con olor a fuagrás que, a tenor de su fruición, deben de estar buenísimos, aunque yo me resista a probarlos por más que me recuerden al Apis de las meriendas a la vuelta del colegio cuando el foie y el paté aún no existían. El gato para el que trabajo alucina cuando con un simple toque maestro de mis dedos sobrenaturales hago surgir luz y calor, sobre todo calor, de un aparatito, también bastante marciano, que le queda justo encima de su brazo favorito del sofá.

Pero lo que de verdad vuelve loco al gato para el que trabajo, lo que le tiene cautivado, es mi poder para convocar el sol. Porque él está firmemente convencido de que soy capaz de hacer que salga a mi antojo. El tío lo tiene comprobado empíricamente y, contra las evidencias, hay poco que hacer; que se lo pregunten a quienes votaron a Trump. Tal vez por eso cuando, siguiendo el rito diario, le abro la puerta para que salga a la calle y el día está nublado, como hoy, se gira, me mira fijo en contrapicado y, después de una sonora retahíla de maullidos en los que noto cómo me echa la culpa abroncándome, unos días, y cómo me pide clemencia y mil veces por favor, otros -dependiendo de la pata con la que se haya levantado-, da media vuelta y se mete dentro de casa.

Al gato para el que trabajo le gusta tomar el sol. Y yo juro que, si pudiera, le pintaría uno y hasta se lo bajaría. El amor nos hace a veces un poco idiotas. Lo sé.

Ver Post >