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De otro planeta
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María de Álvaro | hace 20 horas| 0

Hoy hay un lugar para la esperanza. No lo digo yo, lo dice la NASA, que ha descubierto que a solo cuarenta años luz existen planetas compatibles con la vida: solo a cuarenta años luz, o sea nada, porque un año luz son apenas 9,4 billones de kilómetros. Un paseín. Resulta que ahí, a tiro de piedra, tenemos otro sistema parecido al solar con siete planetas a los que podremos emigrar en cuanto nos carguemos este, cosa que al paso que vamos sucederá en no tardando. Trappist, hermanos terrícolas, esa es nuestra salida. El único problema que le veo es que como haber haya vida y ser sea parecida a la que conocemos, lo más probable es que no nos dejen entrar. Instalarán un muro o una valla o un vaya usted a saber qué clase de artilugio de últimisima generación, puede que verde, puede que plateado, porque como todo el mundo sabe los extraterrestres son verdes y/o plateados y seguramente les gustará su color. Querremos ir a Trappist, pero chocaremos con alguna frontera, con alguna aduana, porque allí todos seremos emigrantes. Hasta Trump.

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Inmortal y de Invernalia
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María de Álvaro | 21-02-2017 | 12:05| 1

“Transita por los registros más variados de la vida intelectual española, pero esa actitud de tránsfuga y casi de fantasma inquieta e incluso enoja a los críticos amantes del orden, los géneros y las etiquetas”. Cortázar, el mismísimo Cortázar, dejó esto escrito a propósito de Gonzalo Suárez, del mismísimo Gonzalo Suárez, y a ver quién se atreve ahora a añadir algo más, a tratar de meter en unas pocas palabras a este gigante del cine, pero también de la literatura del siglo XX y lo que le queda del XXI, porque si algo tiene claro, además de que la realidad y la ficción son la misma cosa, es que no tiene intención de morirse nunca. Faltaría más.

Gonzalo Suárez es hijo del surrealismo, hermano de la magia, primo de los clásicos, está casado con el sentido del humor y la imaginación es su amante. Parió la todavía inclasificable ‘Aoom’, la ya clásica ‘Remando al viento’ (Lord Byron y Mary Shelley estuvieron en Llanes, claro que sí) y es el culpable de que Ana Ozores tenga para miles de personas la cara de Emma Penella. Se inventó al genial Ditirambo, bebió directamente de ‘Las fuentes del Nilo’, demostró que ‘El lado oscuro’ no es patrimonio exclusivo de Darth Vader… Es un intelectual y, a la vez, un tipo al que adoran en su pueblo.

Si Gonzálo Suárez, que además de todo es fan confeso de ‘Juego de Tronos’, fuera un personaje de la saga de R. R. Martin sin duda sería Jon Nieve, el bastardo contracorriente de Invernalia que se convierte en héroe, entre otras cosas, porque sabe más que los demás: porque se ha asomado al otro lado del Muro. Claro que habría que añadirle algo del genio coñón y arrebatadamente inteligente de Tyron Lannister, el gusto por las mil caras de Arya Stark y la fe inquebrantable del Gorrión Supremo, en su caso creyente fiel del dios de las películas y de los libros. Todos esos ingredientes habría que añadir a un plato imposible de comer en una sentada. Como ese universo que él ha creado y que nos regala cada vez que se coloca detrás de una cámara, se sienta frente al ordenador o empuña un boli. Ese universo tan inmortal como él. Puede que más.

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Sin camas por “coñazo”
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María de Álvaro | 19-02-2017 | 16:18| 0

Las hemerotecas son muy canallas. Todo está ahí, guardadito para salir como si quisiera vengarse. Y ahora más. La de EL COMERCIO, sin ir más lejos, puede consultarse digitalizada desde el sofá de casa. Pueden abrir ahora mismo el periódico del 16 de febrero de 2011, un día como el de ayer aunque seguramente menos soleado, y ver. Verán cómo el presidente de la cadena AC inauguraba hace seis años, rodeado de autoridades políticas una habitación, la 302 del que iba a ser el cinco estrellas de Gijón, en la Universidad Laboral. Se firmó un contrato, se hicieron fotos, posó el presidente del Principado, y la consejera de Cultura, y la alcaldesa de Gijón (otros)… Y nunca más se supo. Hasta esta semana. El presidente de la cadena AC volvió a Asturias y deshizo la cama. Dejó claro que el hotel no se hace y que cuando llegue el AVE vamos a ser muy competitivos y tal pero que, oye, que de momento el viaje a Madrid es “largo y complicado”, “un coñazo”, así, literal. Eso dijo, y aquí nos dejó, al otro lado del Muro. Como los salvajes de Juego de Tronos. O así.

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Dios y el Sporting
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María de Álvaro | 09-02-2017 | 19:51| 0

En 1982 el Ayuntamiento de Cangas de Onís declaró en solemne Pleno municipal persona non grata a un famoso escritor, premio nobel para más inri, que se atrevió a meterse con la Virgen de Covadonga. Sea verdad, leyenda o mito aquel famoso exabrupto que recordaba el tamaño de la Santina el caso es que el famoso escritor dejó de concitar quereres a este lado del Pajares. Quereres de creyentes, agnósticos, ateos y hasta descreídos porque, como todo el mundo sabe, al parecer a excepción de Camilo José Cela, la ‘reina de nuestras montañas’ forma parte del patrimonio asturiano, del de todos. Y buenos somos nosotros para nuestras cosas desde tiempos de Pelayo, y hasta  del Sidrón.

 

Viene esto al caso, con permiso de las comparaciones, de la última polémica del Sporting. Resulta que el nuevo entrenador ha prohibido al capellán del equipo entrar en el vestuario. Esgrime Rubi la sacrosanta laicidad y lo cierto es que nadie puede, o no debería, quitarle la razón. Al menos no la razón teórica, pero ya se sabe que, en teoría, funciona hasta el comunismo, y no lo digo yo, lo canta Nacho Vegas. Así que nadie defiende que un equipo de fútbol tenga cura ‘oficial’ a estas alturas de la película, no, pero Fernando Fueyo es una institución en el Sporting y su intervención -un padrenuestro antes de cada partido que reza (o rezaba) con él quien quiere, naturalmente-, algo tan inocuo que resulta increíble que el entrenador pierda siquiera un segundo en esto con la papeleta que tiene, que tenemos, por delante. Eso por no hablar de que tal y como está la Liga no nos viene mal ninguna ayuda, especialmente si llega del cielo. Un milagro. Eso es justo lo que hace falta.

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Creer en Laboral
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María de Álvaro | 07-02-2017 | 13:12| 0

«El talento no necesita dinero, con un bolígrafo y un papel se puede ser Shakespeare».

(Gonzalo Suárez)

 

Lo bueno de las frases rotundas es precisamente su rotundidad. A veces, además, son verdad, como esta y como prácticamente todas las que pronuncia, escribe o filma Gonzalo Suárez; pero la verdad, por más mayúscula que sea, siempre tiene matices. El talento es gratis, aprovecharlo suele costar y suele costar, con permiso de los sudores, dinero. Al menos mientras el Banco Mundial, Trump y Alemania se sigan empeñando en que no volvamos, por ejemplo, al trueque. Por eso Laboral Centro de Arte necesita dinero, un presupuesto para que el barco, el trasatlántico, no naufrague. Pero antes que eso necesita algo mucho más importante: necesita que el dueño de las llaves, el Gobierno del Principado, se lo crea, que lo considere como un activo y no como un pufo heredado de otros políticos que, por lo que se ha visto, comparten siglas pero nada más. También necesita que se lo crea el Ayuntamiento de Gijón, que mira para el gigante de Cabueñes con desconfianza y ganas de que no dé un salto sobre un charco embarrado y, especialmente, que si esto ocurre no le salpique. También necesita que se lo crean la Universidad de Oviedo y los empresarios y, sobre todas las cosas, necesita que nos los creamos usted y yo, porque sin la implicación de eso que hemos dado en llamar ‘sociedad’ da igual que tenga todo el dinero del mundo, cosa que por cierto tuvo en aquellos tiempos en los que éramos ricos, porque seguirá sin importar.

La cultura, esa palabra tan denostada por unos y tan vacíamente abanderada por los del ejército contrario, no es nada en realidad. Es sólo lo que nos hace humanos. Así de simple. Así de prescindible también, naturalmente, que para producir y consumir no necesitamos alma, vale la cartera.

El problema es qué ha pasado para que en diez años nadie, o casi nadie, haya creído en Laboral Centro de Arte. Su cierre hasta marzo –por más que la Consejería de Cultura insista en negarlo y en mirar para otro lado, otra vez– es el cierre de todos. El cierre de una manera de gestionar a golpe de chequera y sin absolutamente nada más, difícil o imposible de mantener cuando vienen mal dadas.

Laboral tiene que mirarse hacia dentro, pero muy especialmente hacia afuera. De nada sirve que sus paredes hayan albergado una de las más hermosas piezas de imagen y sonido de Ryoyi Ikeda, que Robert Henke trajese hasta aquí una instalación de láser que después se la ha rifado medio mundo o que algunas grandes piezas de la colección de Francesca Thyssen se instalasen durante meses en Gijón. De nada valen su directorio de artistas asturianos o los proyectos puestos en marcha desde sus laboratorios de investigación, algunos de ellos con importantísimas becas internacionales. Tampoco que su nueva directora, después de casi un año sin nadie al frente, Karin Ohlenschläger, sea una voz indiscutible en el arte contemporaneo, un lujo.

Todo eso no sirve si nadie lo ve: ya saben lo del lío filosófico del árbol que se cae en el bosque y el sonido que produce. Y habrá que preguntarse por qué nadie quiere verlo. Laboral necesita público. Y al público hay que darle cosas buenas, pero sobre todo hay que darle algo. Cerrar tres meses al año y tres días a la semana es justo lo contrario de lo que necesita el Centro de Arte. Lo que hay que hacer es llenarlo de actividad y de talento, del que se hace con un boli y de los demás. Y también hay que facilitar la visita, y que haya un sitio para tomarse un café, con perdón por lo prosaico. Porque en el supuesto de que no nos interese ser humanos, incluso en el caso de que el arte y la cultura nos parezcan una soberana pérdida de tiempo, que estamos en nuestro derecho, no faltaba más, habremos de acordar que como motor ecónomico funciona. O puede hacerlo. Y no, no voy a aburrir con el efecto Guggenheim, para qué. Simplemente, un dato para quienes quieren matar o dejar morir el Centro de Arte: hasta ahora hemos invertido cerca de 26 millones de euros más los 8,6 millones de coste del edificio. Sí, ha leído bien. ¿Y ahora qué? ¿Los tiramos o los amortizamos?

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El gato para el que trabajo
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María de Álvaro | 29-01-2017 | 17:19| 0

El gato para el que trabajo ha descubierto que tengo poderes. Le convenzo sin proponérmelo cada día cuando, por ejemplo, se acerca a ese tubo brillante y plateado del que, si yo quiero, sólo si yo quiero, mana agua. Él se coloca debajo, incrédulo, como preguntándose, al estilo Rajoy, por qué a veces si y a veces no; y cuando por fin brota me mira una fracción de segundo impresionado y ya se olvida de mi existencia para beber como si fuera todos los peces que caben en un río. Otras veces le dejo pasmado haciendo surgir de una especie de nave espacial unos trozos de algo con olor a fuagrás que, a tenor de su fruición, deben de estar buenísimos, aunque yo me resista a probarlos por más que me recuerden al Apis de las meriendas a la vuelta del colegio cuando el foie y el paté aún no existían. El gato para el que trabajo alucina cuando con un simple toque maestro de mis dedos sobrenaturales hago surgir luz y calor, sobre todo calor, de un aparatito, también bastante marciano, que le queda justo encima de su brazo favorito del sofá.

Pero lo que de verdad vuelve loco al gato para el que trabajo, lo que le tiene cautivado, es mi poder para convocar el sol. Porque él está firmemente convencido de que soy capaz de hacer que salga a mi antojo. El tío lo tiene comprobado empíricamente y, contra las evidencias, hay poco que hacer; que se lo pregunten a quienes votaron a Trump. Tal vez por eso cuando, siguiendo el rito diario, le abro la puerta para que salga a la calle y el día está nublado, como hoy, se gira, me mira fijo en contrapicado y, después de una sonora retahíla de maullidos en los que noto cómo me echa la culpa abroncándome, unos días, y cómo me pide clemencia y mil veces por favor, otros -dependiendo de la pata con la que se haya levantado-, da media vuelta y se mete dentro de casa.

Al gato para el que trabajo le gusta tomar el sol. Y yo juro que, si pudiera, le pintaría uno y hasta se lo bajaría. El amor nos hace a veces un poco idiotas. Lo sé.

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De túnel a sumidero
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María de Álvaro | 26-01-2017 | 22:25| 0

El Ministerio de Fomento acaba de enterarse de que tiene un túnel en Gijón como el que se entera de que tiene un tío en América. 3,8 kilómetros excavados hace diez años que serían un gran lugar para conservar la sidra fresca si no fuera por que nos costaron 137 millones de euros. Ahí están, bajo nuestros pies, después de otros 700.000 euros más en mantenimiento desembolsados hasta 2014. Fue hace dos años, casi tres, cuando alguien en Madrid debió de traspapelar la carpeta metrotrén de Gijón. Ya nadie habla de recuperar la inversión, de reactivar aquella presuntamente necesaria infraestructura, ahora a lo que aspira el Ministerio de Fomento es a gastarse unos euros en conservación para que no se venga abajo, si es que un subterráneo puede hacer eso. Para qué, no lo sabemos. Y lo peor es que quienes deberían saberlo tampoco tienen pinta de tener la menor idea. Se me ocurre que podemos llenarlo de palabras y falsas promesas en infraestructuras. Aunque acumulamos tanto de eso que seguro que se nos queda pequeño. Mejor me callo no vaya a sacar alguien otra vez la tuneladora. Angelitos.

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Ruido
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María de Álvaro | 19-01-2017 | 19:05| 0

Leo que el próximo sábado es el día europeo de la mediación y no sé si por que hoy he leído los periódicos demasiado pronto o por este frío que no deja pensar (ni hablar de otra cosa), confundo mediación con meditación. Y me dispongo a poner el grito en el cielo, a rumiar un ‘a dónde vamos a llegar’ al más puro abuela cebolleta, cuando caigo en la cuenta de que, a lo mejor, meditar es justo lo que nos hace falta. Pararse, templar y mandar era lo que hacían, todavía hacen, creo, los toreros, los que quedan. Y es lo que no hacemos todos los demás, ahora que nada funciona sin espectáculo mediante. La detención de la cúpula de UGT de Asturias, con el despliegue de agentes de seguridad y desfile de arrestados y cajas, para, en menos de 24 horas, ponerlos a todos en la calle, es eso: ruido. La cosa se podía haber hecho con unas citaciones que reforzasen una investigación que, por cierto, sigue adelante, pero el pueblo pide, pedimos, circo. O eso parece. O eso nos han hecho creer. Y ahora sí puedo decirlo: no sé a dónde vamos a llegar; aunque supongo que el espectáculo continuará. Lo hace siempre. Cada vez más. Y mañana, Trump dirá. 

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La nieta del cauchero
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María de Álvaro | 14-01-2017 | 18:17| 0

“Alguna vez me han preguntado de dónde saco la fuerza. Siempre respondo lo mismo. No es ningún mérito. Es cosa de la sangre, pura genética: la de mi abuelo el cauchero”. Lo explica serena, con esa voz que parece que canta cuando suena en portugués, especialmente cuando es el del otro lado del Atlántico. El hombre con el que ha compartido más de cincuenta años, eso que los antiguos llamaban el ‘amor de su vida’, ahora que el término prácticamente se ha perdido por inexistente, como los unicornios o el carbón asturiano, acaba de morirse. Y ella no llora. Por momentos puede que se le escape alguna lágrima, sí, pero no parecen de dolor, ni mucho menos amargas. Parecen más bien de emoción; puede que de certeza, esa que debe dar, supongo, mirar atrás y ver que uno (o una) ha tomado el camino correcto. Que ha cumplido con la vida y la vida le ha correspondido.

La nieta del cauchero cuenta, porque su relato parece un cuento, que su abuelo se adentraba cada día antes de que amaneciese en la ‘floresta’ armado con su coraje, un machete y toda la paciencia del mundo. Para obtener el caucho, a los árboles hay que hacerles hendiduras en la corteza, provocarles heridas y esperar, colocando unos pequeños recipientes debajo para que sude el preciado líquido viscoso con el que después se fabrica el material. Un trabajo duro y, de paso, una metáfora tal vez demasiado perfecta para ser verdad, aunque esto último al abuelo le importaba más bien poco aquellos días. Él lo que quería, lo que tenía que hacer, era sacar a su familia adelante. Muchos de aquellos días llevaba a su hijo de seis años con él. “Con seis años, con solo seis años”, repite, casi salmodia. “¿Quién se imagina hoy a un niño de seis años a las cuatro de la madrugada acompañando a su padre a trabajar?”. Ese niño, el hijo del cauchero, es su padre. Su don para la pintura y el empeño del cauchero, que terminó haciendo algo de dinero, le llevaría, años después del comienzo de esta historia, a ser profesor en una escuela de Bellas Artes en Río de Janeiro.

El mismo coraje y otros dones trasladarían después a su hija hasta Europa, primero a la Universidad de la Sorbona, en París, y luego a la de Salamanca, en aquellos tiempos en los que las chicas no estudiaban, porque habían venido a este mundo para casarse. No la nieta del cauchero. Ella llegó a una España poco luminosa con 21 años y una carrera de Letras ya terminada gracias a las becas. Puede que el destino la enviase para traer algo de su luz brasileña. Desde luego, lo hizo para ponerle en el camino a su marido, con el que, sí, se casó pese a las no pocas reticencias hacía aquella chica morena y extranjera, nieta de un paria del Amazonas. Una vez más la fuerza ganó el combate y ella, un amor con el que vivirá para siempre, de una u otra manera, mientras le quede un aliento. Porque “es cosa de sangre, pura genética”, la misma que llevan hoy sus nietos a miles y miles de kilómetros del Río Negro y de la selva profunda.

La nieta del cauchero me contó un día esta historia y me dio, con la música de un cuento, una lección de esas que se guardan para siempre.

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Un tal Cremades
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María de Álvaro | 12-01-2017 | 11:19| 0

Confieso que no tenía ni idea de quién era Jorge Cremades. En realidad, sigo sin tenerla. Solo sé que su próxima actuación en el teatro de la Laboral, donde iba a interpretar uno de sus presuntos monólogos, ha sido cancelada. Parece que los chistes del tal Cremades son machistas. Yo he leído alguno y lo que me parece es que son malísimos, una cutrez tirando a indigna plagada de lugares comunes prehistóricos por la que, personalmente, no pagaría un euro de entrada. De ahí a cancelar un espectáculo, o lo que quiera que hace Cremades sobre un escenario, hay un trecho. Y la pregunta que deberíamos hacernos es por qué hay gente dispuesta a pagar por escucharle. En fin, que censurar a este tipo me parece bastante más peligroso que sus chistes, por machistas y por cutres que sean. Pero no son buenos tiempos para los matices. Prohibir es más fácil. Y se acaba antes.

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